sábado 27 de junio de 2009

La maleta negra


Siempre quisiste largarte de la ciudad, el amor de una madre no era suficiente, te habían pateado durante tiempo, en largos veranos junto a bares de carretera donde se supone debías crecer como un hombre y comportarte como tal. No fuiste un hombre como querían que lo fueras, ni siquiera te parecías. Nunca entendería que te fueras con una maleta negra, algunas botellas pequeñas de licor de muestra, y un par de revistas.

Todo es la familia, te diría, todo eres tú y tus hermanos y tus hermanas, ¿qué razón hay para que puedas valerte sin mí? Vete si quieres, pero cerca, donde pueda alcanzarte con el olor de mis guisos, donde puedas venir a socorrerme un día cualquiera cuando el baño se inunde y afuera llueva. Donde pueda ver que un día eres parte de lo que se espera de ti.

Las casas son pueblos de enfermedades y fe. Se levantan, llenas de ira, obsesivas, con todas esas pancartas que reivindican la verdad y toda su población con los rastrillos en sus manos buscando pincharte en las costillas. Te has salido con la tuya durante un tiempo, y ahora que las deudas te ahogan se relamen sus lenguas y te dicen cosas como ya te lo dije, o eres un perdido, o no tienes remedio, nunca lo tuviste, fuiste un inútil cuando eras un adolescente y eres un inútil ahora que tienes edad de suicidarte con barbitúricos sin que la ley caiga sobre ti.

Deja de escribir idioteces y sé práctico. Deja de pintar en las paredes todas esas imitaciones baratas a Basquiat. El pueblo te quiere a pesar de ti.

¿Por qué habrías de quedarte donde siempre serás un extraño por mucho que conozcas cada detalle de mi cara? Les asusto, lo sé. Le asusta la idea de saberse desnuda, frágil, y por eso me patea el lado de la cara donde nadie puede mirar, donde es siempre inocente de sus delitos, tan humanos que cualquiera la querría por ellos.

Pequeño pueblerino, dirías, ¿cuándo lo perdiste todo? Porque nunca me he marchado. Estoy cerca de ti, tanto que no se me ocurre otro lugar en el que estar. Te mueves en silencio, en la oscuridad, como si creyeras que no sé lo que haces, que ignoro quién eres. Te he llevado dentro de mí, eres parte de mí. Cada célula de ti me pertenece, cada letra que escribes, cada vez que te asomas al balcón o cada vez que bebes. Todo es mío, pequeño pueblerino. ¿Crees que te dejaría marchar con tanta facilidad? Si no estás donde te necesitan, no te querrán nunca, y yo estoy siempre que me necesites, siempre, para que no te marches nunca. No me dejes sola, no corras, no escapes. No, no quiero que te escapes, quiero que estés cerca, donde pueda saber que me necesitas. Quiero casarte con alguien que sea como yo, desear que quieras eso, y que reces todas las noches antes de ir a dormir, y que pasees por la ciudad que nos ha visto nacer como si nunca nos fuéramos a marchar, y todas esas cosas que nos suceden en realidad formaran parte de la vida de los otros, los que no queremos en nuestra familia, los que sufren de verdad. Nosotros no podemos sentir dolor, porque nos queremos y hacemos siempre lo correcto, y quiero protegerte de todo el mal de un mundo que se ahoga en sus problemas y su delirio. Nosotros no queremos eso, ¿verdad? No sabemos nada de eso: ni de engaños ni de envidias, no sabemos de amigos que se traicionan ni de amores que se espantan en la plaza mayor, cansados de dar vueltas por las mismas tiendas llamándose amor en la inercia.

Sabe que te da miedo el mundo, que eres el miedo.

Deberías coger esa maleta negra con tu par de revistas y largarte antes de que alguien más te persiga. Sé que tienes tus adicciones, que has mentido, que te has reído de todas ellas. Sé que has besado a hombres en cuartos de baño, que has seducido a mujeres en la barra de un bar que creyeron serían para siempre cuando tú sabías que sería nunca. Sé que todas las cosas que prometiste en realidad lo hacías para no saber quién eras, huir de ti mismo, correr lo más lejos posible de tu maleta negra y de tu par de revistas.

Es tarde para ti. Estás atrapado, así que hazlo, vete antes de que amanezca donde nadie te conozca. Siempre se empieza en cualquier parte aunque te digan que eres una eterna historia inacabada.

Pequeño pueblerino, no sabes nada acerca de los hombres, nunca fuiste uno de ellos. Confiaste demasiado, fuiste ingenuo, pueblerino.

Los días se ahogan y el asfalto se pega a tus botas y a tu dedo que se levanta. No sabes dónde ir, ningún lugar es lo suficientemente bueno, o lo suficientemente seguro. Es eso, ¿no? Nada es seguro, ni siquiera tu cuarto, o tu casa, tan llena de enfermedades y fe como el resto de las casas de la ciudad.

Coge tu maleta negra y lárgate. Escapa de todo esto antes de que el sol te alumbre y te descubra. Aprovecha la noche, úsala como un escritor usaría su propia mierda para escribir sobre algo que tenga sentido.

Dime, pequeño pueblerino: ¿jugarás de nuevo al billar con tus hermanos y hermanas? ¿Volverás a reír cuando no puedas sacar tu polla de tus pantalones y decir que un hombre te lamió?

Es cierto: nadie te dirá nada, todos dirán que es normal, que no pasa nada, que hay gente así, como tú, que se ven constantemente en cine y en televisión, y mientras vomitan en sus cuartos de baño y se asquean de cada palabra que escribes, dime, pequeño pueblerino, ¿aceptarán quién eres? Porque lo que te dirán cuando te vean vulnerable es que no eres más que un guarro, alguien perdido que no hace las cosas que debe hacer. Un muerto de hambre que me necesita porque si le doy la vida, sin mí, será de muerte, y yo sin ti, me moriré porque eres parte de mí del mismo modo que los ladrillos se levantan robustos, eternos, en esta casa donde ni los gritos de los antepasados se oyen. Si escribes sobre nuestra naturaleza, sobre quienes somos, traicionas nuestra intimidad, la violas. ¿Quieres eso, hijo? Jesús nunca hablaría así de su padre.

Escapa, huye, el pueblo entero ha cogido sus azadas y las quieren clavar en tu piel como si fueras de tierra. Sólo hay algo cierto, te dicen, nunca te vas a marchar.

Te ríes, sonoramente. Retumbas sobre montañas atravesadas por ríos, nieves cruzadas de vientos, escribiendo sobre un mapa fronteras con hormigas muertas. Te encoges en tu cubil. La luz atraviesa los poros de las persianas como navajas. Ahí está la maleta negra, en la oscuridad, rodeada de polvo seco y de tu cuerpo tan desnudo que ni siquiera tiene vello. Te has incorporado y la has rodeado. El suelo está frío y la lumbre hace tiempo que ya no tiene ni brasas.

Huye, te dices, huye lejos, cambia de nombre y de profesión, sal de ahí, busca un nuevo trabajo, un alquiler económico, no quemes tu maleta negra porque la vas a necesitar. Visita el bar al atardecer y mira como ponen carteles anunciando sus fiestas. Paga lo que has consumido después de haber jugado unas partidas. Al principio te dicen que eres encantador, luego cambian de opinión y no quieren escucharte porque se convierten en madres ausentes.

Entonces sabrás que es momento de hacer tu maleta y seguir tu camino, buscando saciar tu hambre en la oscuridad, donde nada pueda delatarte.

Haz todas esas cosas sencillas, como tambalearte al levantarte de la silla y despedirte hasta la semana próxima. No hay nada que temer cuando dobles la esquina o abras la puerta y te caigas redondo sobre el suelo del pasillo: está deliciosamente frío, dices, con los ojos cerrados y los brazos extendidos. La corriente te adormece aún más, has vuelto a coger tu maleta negra y te vuelves a largar. Las ventanas se mecen y los cristales te miran. Eres el continuo ensayo de una obra de teatro. A veces las cosas salen bien, otras la besas en el establo, a escondidas, rumiando su lengua que no se deja hacer más. La miras y la dices que la quieres. Eso la complace.

Paseáis de la mano a la luz de las lumbres del nuevo pueblo. Y todos envidian el amor entre tú y Anabel Lee.

Durante un tiempo, puede que algunos meses o quizá algunos años, todos creen que no hay nada más perfecto ni nada más sublime que tu amor por ella, que su amor por ti. Vais a conciertos y a cafés, discutís acerca del sentido del mundo, os abrazáis, seguros el uno de otro, pidiéndole al otro que nunca le deje.

Entonces todo era cierto, y cuando algo cambia y sabes que mientes besando furioso la boca de una desconocida en el local de la Magdalena, te dices que debes volver a levantarte de tu silla de montar y caminar tan lejos que cuando alguien pregunte por ti, se encojan de hombros y digan que nunca oyeron tu nombre por este lugar.

Coge tu maleta negra, cuánto menos equipaje lleves más kilómetros podrás andar. Dicen que la carretera es dura, que los coches no suelen parar nunca, que pasan a demasiada velocidad y que ya nada es lento.

No eres un pequeño pueblerino, te dices. Las puertas se esfuman, no hay nada estable, y aunque todo esté abierto, no hay nada que temer. Sí, nada que temer. Nada. No. Nada.

Eso te dices, agarrando con fuerza tu maleta negra mientras me paso los días viendo tu espalda.

8 comentarios:

Shandy dijo...

Nunca(o casi nunca) respondemos a lo que una madre espera de nosotros.
No me quieras tanto, que el cordón umbilical enroscado al cuello asfixia y yo no soy tú, como tú no eres yo. Pero no me abandones, madre, que tiempo tendré -pienso que por probabilidades- de ser huérfano. Y Anabel ya no está, ay amor, tanto que nos quisimos mi Anabel Lee y yo.

Un poco largo, pero me gustó.

Maribel dijo...

Escapa
Que la vida se acaba
Que los sueños se gastan
Los minutos se marchan… lalalala

Me gusta esa canción de Huecco. Tu post también, mon ami.

Besos :)

Celestino Simón dijo...

Ya sabes Shandy que estos escritos no están hechos para ser los más populares de esta blogosfera... sino por otro motivo. De hecho, es más que probable que en ese otro motivo dijeras que son demasiado breves... ¿no crees? :):)

Lo estoy reescribiendo todo... :)

Besos...

Celestino Simón dijo...

¡¡¡Maribel!!! Pero cuánto tiempo... ¿sigues leyendo mis mierdecillas??? ¡¡¡Cielo santo pastorum amén de todos los apóstoles!!! Jejejeje...

Espero que todo esté bien.

Besazos

Pedro dijo...

Vale, leo una cosa como esta y me digo:

¿Qué cojones dice este tío?

Ya, no es quizás lo que debe pensar una persona educada pero ¿qué quieres? es exactamente lo que pienso, de forma automática.
Después, releyendo, de forma más elaborada saco una conclusión:

Qué avería tiene este chaval.

Joder, que no tengo derecho a juzgar a nadie por lo que escribe, ficción o lo que sea, pero es lo que me sale.
Oye, tú mismo.

Un abrazo.

Celestino Simón dijo...

Es cierto Pedro, no es que no tengas derecho a juzgarme: es que no sabes nada de mí.

Este blog es de relatos de ficción, creo que es obvio. Si quisiera contar mi vida tipo El diario de Patricia, lo haría en otro contexto, y en ese contexto, sabiendo de mi vida, puede que pudieras hablar sobre averías o no averías.

Sin embargo dime: ¿qué es no tener una avería? ¿Escribir como lo haría Espido Freire, quizá como lo haría Manuel de Prada, puede que hacerlo como Antonio Gala sin necesidad de ostentación?

Dime: ¿qué es no tener una avería?

¿Acaso ser políticamente correcto, pensar, como diría un yanqui, como alguien que ama a su patria, o a la democracia, o a la religión, o a su esposa?

Si tener una avería es escribir para hacerse preguntas, sin juzgar a mis personajes, sin entrar en disquisiciones morales sobre lo que es bueno o lo que es malo, y solamente dejarlos actuar... si eso es tener una avería... qué quieres qué te diga chaval, tú mismo... :P

Lo que me sorprende es que alguien que escribe (o publica) compulsivamente todos los días, como una obsesión, me suelte que tengo una avería.

Es gracioso.

Un abrazo

Pedro dijo...

Celestino, perdóname, por supuesto no ha sido mi intención ofenderte.
Al contrario.
Como no sabemos nada el uno del otro te diré que esa expresión “qué avería” la suelo utilizar en tono cariñoso, admirativo.
Realmente la vida sin tener una avería (o varias) en la cabeza es bastante aburrida.
Soy un admirador de tu estilo de escribir, mi comentario refleja exactamente lo que pensé, así, zass, nada más leerte.
No sé, disculpa, quizás debería haber hecho una crítica más técnica, más elaborada, es posible, no lo sé, pero no me creo capacitado.
Tu escrito me impresionó y reaccioné así.
Me dejé llevar por una pretendida complicidad que pensé podrías entender.
En cualquier caso te reitero mis disculpas si mi comentario te ha parecido inadecuado (1), la seguridad de que soy un seguidor de tus textos (2), que me parecen francamente buenos (3) y que en adelante tendré cuidado con mis comentarios, tengas avería o no (4)
Anda, venga, no seas duro, dame la mano.
Y un abrazo.

Celestino Simón dijo...

Hay algo bueno en decir las cosas que realmente se piensan: se conoce a quien las dice.

No sentí ofensa Pedro, y sí una confusión terrible viniendo de alguien que escribe como tú.

Entendí mal entonces, o cuanto menos equivoqué las intenciones, y por ello ahora soy yo quien se disculpa.

Lo que sí te pediría es que no tuvieras reparo a la hora de decir cuánto pienses. Si me ofendo lo haré saber, si me equivoco en mis percepciones, me lo harás saber. No le veo ningún mal a conocerse incluso en lo adverso, y sí se lo veo a todo lo que es mentira.

Lo cual, viniendo de mí, no deja de tener su gracia... :P

Cosas mías Pedro... :P

El texto no está escrito para mecer en plácidas hamacas una noche de abril tomando unos daikiris. En realidad, no escribo para eso, y para serte honesto, a veces no sé para qué lo hago: los motivos se cruzan y se mezclan, a veces son reales, otras veces son mentira, otras, mientras me lo pregunto, estoy escribiendo sobre ello.

Así que alguna avería debo de tener a pesar de la lucidez.

Espero aceptes mis disculpas por haber entendido mal, se me hace incluso raro que alguien que escribe como tú lea a alguien que escribe como yo.

Pero nada es perfecto... ¿verdad? :P:P

Ahí mi mano...

Un abrazo