sábado 12 de septiembre de 2009

Ocho actos de belleza: Acto I


Fue cierto que la niebla que anunciaba la tarde en la mar se adueñó por completo de la noche y de la inquietud de los marineros que llevaban a Ulises a Troya. En cubierta podían verse los ojos ahogar su brillo en la densa oscuridad blanca de una noche incierta. Cantaban, algunos, susurrando letras de dioses muertos en lenguajes ancestrales. Todo estaba permitido en el mar, el arrullo de los hombres que temibles en la batalla a su vez eran corderos temerosos de perder la vida, o la cordura, ante aquella cegadora naturaleza. Aquiles se paseaba inquieto, y Ulises no se apartaba de la proa.

Los besos de Helena, pensaron.

Su boca y su voz, volvieron a pensar sin decirse una sola palabra.

Las noches secretas de Helena, tumbada en su cama aún más blanca que sus lechosos pechos cuyos frutos alimentaban el orgullo de su padre Zeus. Sus brazos se abrían para acoger la simiente del amado entre esponjas cálidas, que lo abrazaban, y lo acogían, para luego verle partir por pasadizos que borraban las huellas de aquellas noches silentes.

Los besos de Helena, repitieron sin mirarse.

Su boca y su voz, volvieron a repetirse sin decirse una sola palabra.

Ambos sabían de los días que Helena pasaba abrazada a tantos hombres que algunos, los más insignificantes, nunca parecieron existir. Y ambos también sabían, que besar su boca era como besar la boca del último hombre con el que estuvo. De esta manera, puede que Ulises hubiera tomado algo de Aquiles, y que Aquiles hubiera tomado algo de Ulises, de la lengua de Helena.

En medio de ninguna parte, soñaron con Troya.

- Me fingí loco -había dicho Ulises-. No es difícil fingirse loco en la ciudad, todos te toman por tal si infringes las leyes de la naturaleza. Ponte a sembrar con sal un campo de centeno, o di que una espada de acero flota sobre el mar, y todos los que creen conocer la verdad acerca de las cosas te dirán que no estás cuerdo. La guerra no es para los hombres como nosotros, Aquiles. La guerra es para los moribundos o aquellos que tienen tanta hambre que vuelcan toda su ira contra quienes consideran el mal de sus males.
- Esperas oír cantos de sirena, ¿no es así amigo mío? –dijo Aquiles.
- En medio de esta inmensa niebla, con nuestros hombres abrazándose para no olvidar que no están solos en medio de la nada, el canto de una sirena que nos embrujara sería una bendición.

Helena me embruja, pensaron.

No sé si al entrar entre sus piernas desde mi cintura hasta mis pies (reflexionaron) mi cuerpo entero sea la cola de una sirena. Porque Helena canta cuando estoy dentro de ella, con mis piernas juntas y sus piernas asiéndose a mis piernas, moviéndome al compás del mar.

- Estamos varados –dijo Aquiles.
- En algún lugar puede que ya lo estuviéramos – dijo Ulises-. No dejo de pensar en la guerra.
- Paris se la llevó y juramos, juraste, proteger su matrimonio con quien ella eligiese, y fuimos ciegos al seguirte. Sin embargo, todos sabíamos por qué te seguíamos. Todos, incluso yo. Somos locos, amigo mío. Lo perdimos todo en nombre de una mujer que nos poseyó a todos, y sedientos de los días pasados, no dudamos en derramar sangre para instaurar el imperio perdido. Porque no te engañes: Menelao no es un hombre. No es como nosotros.
- Calla, imprudente.
- Si he de morir, Ulises, quiero morir sabiendo como he vivido.
- No vas a morir, esta niebla se irá cuando amanezca.
- Cuando amanezca volveremos a ser hombres feroces que engullen el mundo. Seremos como los dioses, y tú la personificación de Apolo.
- ¿Y quién serías tú?
- Sin lugar a dudas: Hades.

Helena me besa, piensan. Me llama los días de luna llena. Dice Helena que la luna se esconde en sus pezones que beso, fríos como el mármol y la luna.

Sienten como sus manos escriben en su espalda épicos poemas que enamorarán a Herodoto.

Algo tan bello tiene que ser necesariamente cierto, se dice Herodoto, que le da crédito a Troya, a la muerte de Aquiles, al viaje de Ulises, a la belleza de Helena de Esparta.

Los poemas son la historia de los hombres, dice el historiador con solemnidad.

- Los cánticos de las sirenas son mentira –dice Aquiles-.
- Las sirenas no existen –asevera Ulises-.
- No es eso: la poesía es la voz de una sirena cuya femineidad te ciega. ¿No la ves a ella como una sirena que nos canta a pesar de esta niebla embaucadora?
- No sé qué quieres decir, ni de qué estás hablando.
- ¿Derramarías la sangre de Troya? –pregunta Aquiles-.
- Derramaré la sangre de quien no entregue a Paris vivo.
- Arderá entonces Troya.
- ¿No fuimos acaso hombres que ardieron? Ningún fuego devora a otro fuego.

Helena cierra los ojos y yo los tengo abiertos: no quiero perderme un solo gesto suyo (se dicen): sus manos me tocan, mis manos tocan sus manos, que se enredan.

No sé a quién quiero, dice Helena. Soy hija de un dios: ¿no ha de amar por tanto una diosa a todos los hombres?

Tu boca, se dicen a sí mismos.

Su boca que se enreda a la niebla y que canta como sirenas le prenderá fuego a las ciudades de la antigüedad, hará que caiga Roma, e incluso convertirá a Fausto en un loco que haga un pacto con Mefistófeles para que sea suya.

La boca de Helena, corean a la noche envuelta en nieblas.

- Somos locos, Ulises. Debimos quedarnos en casa y hacer eso que hiciste con la sal y la tierra. Tú estarías con tu hijo, educándole como padre, y Penélope no habría hecho la promesa de tejer una larga tela hasta tu regreso.
- Somos hombres, ¿qué otra cosa podríamos ser?
- Los hombres que huyen van a la guerra.
- Los hombres que huyen hacen un largo viaje. Supongo que la guerra es sólo una parada.

Tras las gasas de Helena no se esconde su desnudez y sí el deseo de los hombres. Dos de ellos se pierden en la niebla, dicen ir a Troya, pero su destino les desvía a las tierras de Misia. Y no lo lamentan. No pondrán flores en las tumbas de los muertos, pues la ausencia de Helena hace que quieran acabar con toda la hierba donde pasten incluso los inocentes.

Gritan los hombres, gritan. Lo hacen en nombre de una mujer robada, y en realidad lo hacen en nombre de su ansia no satisfecha. Los hombres nunca reconocerían algo así, y si les pones contra la pared a punto de morir ensartados por la espada de un bárbaro, tampoco lo reconocerían.

Es allí, a la sombra del sudor tras la batalla donde resulta mortalmente herido Télefo, espalda contra espalda que reposa el duro trabajo del guerrero, cuando Ulises piensa fugazmente en Penélope, y comprende que si ella es amor de quieta mujer abnegada, Helena es el deseo de la mujer que nunca podrá tener.

- ¿Qué somos, Ulises? –pregunta Aquiles-.
- Sólo hombres que van a la guerra y que matan por una mujer que poseyeron en noches de sirenas y luna.
- ¿Y merece la pena morir por algo así? Mira los campos: verde y rojo, con sus gritos aún dolientes y los que no serán mirados de igual forma por mujeres que les creen faltos de valor.

Ulises se incorpora. Sobre su largo cabello ceniza herido de arena de la costa se mueve el deseo de ir lejos.

- Somos la larga tela de un deseo que se espera en vano –dice Ulises-.
- Entonces hemos de partir tan lejos como sea posible del hogar –dice Aquiles-. Yo no volveré porque sin Helena nada me espera, y de ti, que siempre sentirás nostalgia de quien sólo te amó, sin la obsesión de la carne que necesita de la carne, se hablará siempre de tu regreso.

Ulises se vuelve a sentar. Gira el viento y los hombres que han de combatir Troya recuperan el aliento y el hambre. Todo es joven, se dicen a sí mismos. Las guerras, el amor, un viaje hacia lugares desconocidos, donde el mar se acaba y nos hunde: todo es joven, se dicen. En algún lugar nos perderemos, en otro fundaremos Lisboa. Penélope tejerá y tejerá, siempre inmaculada, esperando a un hombre que a su regreso verá a una mujer distinta de aquella que conoció.

Y tras tensar un arco imposible, y dos extraños que fingen reconocerse se besen, la memoria dejará de tener sentido, porque nunca se regresa al lugar que dejamos aún cuando pretendamos que Ítaca sea volver.

viernes 4 de septiembre de 2009

Anoche soñé con el Capitán Futuro

Cerré un biombo luminiscente, me quité las botas, cambié el suelo convirtiéndolo en hielo cuando mis pies tan desnudos se enredaron como lianas a todos los solsticios que recuerdo. Tu boca se había enredado a mi boca, con sus filamentos y tallos descritos en saliva y lengua. Tus brazos escarlata me habían rodeado, seguros de la espalda que cruzaban, angulosas cordilleras de neblinas y parajes inexplorados con tus ojos que se cierran alrededor de la curvatura de mi cuello, que se extiende, rígido y hermoso, ante tus dientes aún más blancos que un amanecer en la Antártida.

Anoche soñé con el Capitán Futuro.

Al despertar, extrañas ecuaciones danzaban inhóspitas sobre parajes planetarios carentes de vida. Describo con literatura pensamientos caóticos, lascivos, caídos sobre el cubilete que mueve tus manos sobre mi cuerpo como quien espera del azar la noche más hermosa de todas las noches jamás descritas. Anoche soñé contigo, intensa, densa, con mis manos aún sabiendo a ti, oliendo al perfume de quien nunca fuiste, como si la frivolidad con que me describen las historias pulp de ciencia ficción abrieran mis piernas para que tú, un dios, o la eternidad anotada en algoritmos de tu sexo, se arrodillara ante el pálpito de mi deseo.

Anoche soñé con el Capitán Futuro.

Leves tiras que cubren mis senos y mi vello púbico se expanden en viñetas imaginarias mientras te recuerdo. Caigo, desnuda, presa de la gravedad como una reina maga que portadora de mirra, o de incienso, fuera a lucrar a toda una galaxia masculina de placeres que nunca fueron, de hijos bastardos que ni siquiera fueron dados a luz, de cromosomas olvidados en noches que sólo existieron en la fantasía de unos pocos que nunca pudieron tener el deseo que esta noche desean.

Anoche soñé contigo: volabas difuso, inmenso, por tantas ciudades y tantos países y tantos continentes que el parpadeo de un humano pudiera sonarte a eternidad.

Me pregunto con qué sueña dios.

Puede que lo hagas sentado en una azotea, o flotando sobre un cielo aún más negro que este espacio violado por luciérnagas eléctricas que emiten suaves pitidos, como ronroneos, desde la computadora. O peor aún: estás sentado en el borde de una cama, como quien se asoma a un abismo, mientras una mujer duerme.

Te levantas y besas su frente con tanta suavidad que en su sueño algo se remueve y los dulces vientos del Siroco agitan su pelo junto a la arena y la luminiscente oscuridad de una noche de junio. Un leve vistazo a su corazón, al movimiento de sus pupilas dentro de sus ojos, la fase de sueño profundo, y ya no estás ahí: vuelas despavorido convertido en Apolo descendido, el hijo de un Zeus que no supo como gobernar y que delegó en ti todo el poder que él no supo retener para sí.

Con un parpadeo un barco no se hunde, varias mujeres recuperan sus bolsos en una calle de Manhattan, el olor a pólvora en un pueblo de Ciudad Juárez ha sido barrido junto con las balas que nunca llegaron a su destino, y los adictos tienen la sangre limpia. La tormenta tropical “Jimena” se hace frágil aguacero, dos amantes que vivían al otro lado del planeta se encontraban de improviso en una concurrida calle de Viena, frente al museo donde se exponen obras de Klimt.

Con otro parpadeo mirabas la ciudad, sus luces temblorosas como velas rebeldes que provocaran al viento al grito de nunca podrás apagarme, mientras el viento, paciente, espera el fin de la humanidad.

Al siguiente escuchas su respiración entrecortada, sus ojos abiertos, su mano tocando las sábanas vacías, el espacio desierto que debía ser tuyo, y la extraña serenidad de quien encuentra todas las noches lo mismo y que a pesar de preguntarse dónde estarás, su temor a quedarse sola es mayor que su necesidad de respuestas. Oyes sus ojos cerrarse, sus ojos abrirse, el teléfono descolgado, tonos, y la voz de un hombre al que conoces hablarle de amor.

Esta noche ha vuelto a marcharse (dice), puedes venir a casa, te estoy deseando y esta noche en especial quiero follar (dice). Supongo que será septiembre, que ya huele a otoño y a hoja caída y a un cuaderno nuevo de infancia, que necesito que me abraces (cuelga).

Media hora después su amante le pregunta: ¿Por qué estás conmigo?

Cállate y bésame (dice).

Lo hacen despacio, sudando, temblando, sudando, temblando. Siento celos de su temblor, de su sudor. Ella le dice obscenidades, y él responde a sus obscenidades. Cuando terminan, le vuelve a hacer la misma pregunta: ¿Por qué estás conmigo?

Me haces sentir sucia (dice), mi marido es el hombre más hermoso y perfecto que he conocido nunca, y necesito sentirme sucia para no sentir culpa.

Entonces vuelas aún más alto saliendo de la atmósfera, y giras alrededor del sol que te da toda tu fuerza. Cierras los ojos que nunca se prenden e inspiras una bocanada de hidrógeno que hace ruborizarse a la cromosfera. A esa hora fáculas intensas se multiplican con la fuerza de tu exhalación.

Anoche soñé con el Capitán Futuro.

Y La Tierra quedó desolada porque te marchaste muy lejos, dónde incluso tu fuerza se desvanecía. Fuiste donde ningún sol te convertía en dios.

Acudiste a mí.

Ningún relámpago luminiscente sobrevolaba los áticos de las capitales del mundo: Madrid era silencio y bullicio, París se hundía en su eterno olor a café, Moscú nevado recogía a los borrachos de los barrios bajos. Nada cambió esa noche, y las carnes de la tierra se abrieron y un par de seísmos sepultaron a ciento seis personas en Indonesia, los detenidos en una dictadura del centro de África cayeron en sus fosas, dos gatos se arrojaron al vacío en un ático de Tokio, y tú entrabas con tu traje escarlata por la rampa abierta de mi nave, exhausto, herido, medio muerto por los efectos del espacio aún más profundo que la ignorancia.

Los androides médicos te transportaron en sigilosas camillas de ozono al centro de operaciones, donde te sanarían bajo estructuras cuya vida se basaba en cromados metales que admiraba como si me hablaran de arte en el lenguaje de Miguel Ángel, o de Leonardo, o de Rafael, un renacimiento escrito en proporciones atómicas cuyas redundancias encontraban su eco en la belleza en el vacío.

Nadie sabe cuánto amé ese instante en el que renunciaste a tu destino reinventado en deidad, tu sacrificio, tu boca seca que quiso hablarme al despertar y que silencié con un dedo sobre tus labios.

Te tumbaste, sumiso, como si sintieras el inconmensurable placer de no controlar nada, de saberte a merced de quien pudiera gobernar sobre tu vida. Sentiste entonces nostalgia del Doctor Logaritmo y sus ecuaciones absurdas para controlar todas las mentes del mundo, o del Profesor Serpiente, que vio en la tentación una forma de dominar un país, o el Capitán Fonema, tu más cruel villano y el más inteligente de todos ellos: buscaba lugares donde el hambre haría posible una revolución, y él, como sumo sacerdote, gobernaría legiones de hombres y mujeres que sedientos de venganza sobre aquellos que les robaban su comida, se convertían en serviles esclavos de oscuros experimentos que anhelaban el Cuarto Reich.

Es extraña la ciencia (dijiste): buscar a dios en leyes inquebrantables vuelve locos a los hombres.

Descansa (dije).

Y durante cuarenta y ocho horas dormiste y yo soñé contigo, Capitán Futuro.

Al despertar mis piernas temblaban, mi voz sonaba serena, y mi piel te pedía a gritos.

Sin embargo: paseamos.

Mira (dije), siempre admiré el arte de la historia. Si algo podía competir con toda la colección de maravillas que descubrí en todos mis viajes, era el arte. Este pasillo representa el Renacimiento, como el día que tú naciste: todo el esplendor de la medida de lo humano brillando con toda su intensa desnudez. Queda atrás el temor de la idea de dios, y todas las mujeres del mundo nos enamoramos de David: tan dionisiaco e imperfecto, su falo carente de tensión, o la tensión precisa de sus músculos que recuerda a un hombre que disfrazado de tonos escarlata cruza los cielos de una ciudad.

Sí amor mío (dije): la primera vez que te vi fue en el sueño de un escultor, y las veces siguientes en lienzos de pintores o en partituras desconocidas de impresionistas (dije).

Te maravillaste de la colección tan inmensa que capturé en todos estos años: quisiste correr a supervelocidad, pero aquí la gravedad te ataba a la débil dimensión de un humano que se limita a admirar aquello que no podrá poseer nunca en toda su inescrutable inmensidad.

Entonces comprendiste lo liberadora que es la cárcel de los sentidos, su cromada amalgama de sensaciones, el deseo de convertirte en lo que nunca serías, o el miedo a resquebrajar las esperanzas que se tienen puestas no en un dios, sino en una probabilidad.

Hiciste mentalmente la ecuación, y te rompiste, como se rompen las burbujas de jabón o los vasos de cristal.

Te amé (dije) como a todas las cosas imperfectas. Te miré y te admiré. Escaneé tus movimientos, la textura de tu inteligencia, tus pensamientos. Y te admiré aún más: un dios fingiéndose humano, capaz de comprender las pequeñas traiciones que ni él mismo era capaz de comprender: tú no podías saber lo que era sentirse sucio, porque tú eras la escoba de un planeta y tus pies nunca alcanzarían tu cabeza.

Sé que suena ordinario dicho así, pero ¿qué no sonaría grotesco de cuánto le tengas que decir a un dios?

Podrías usar la música (dijiste).

Entonces languidecí y te abracé como se abrazan los amigos y no los amantes. Te abracé como lo hacen los desesperados, aquellos que hace tiempo perdieron todo contacto con la piel del otro porque aquí hace tanto frío.

Respondiste a mi abrazo con la precisión que se esperaba de ti. Tus brazos me rodearon y sentí que mi cuerpo se volvía escarlata. Me besaste y te besé, y caímos ante lo inevitable: corrimos y corrí, me perseguiste y jugué a ser perseguida. Sudados te había llevado donde los amantes se esconden para no tener que hablar de sí mismos a los extraños.

Anoche soñé con el Capitán Futuro: me rodeaste y quise que me rodearas. Tu aliento jadeaba junto a mi boca, tus pulmones querían estallar, henchidos de un deseo tan irracional que tu propia locura me excitaba.

Me tocaste con la delicadeza de quien roza porcelana. Me sorprendió porque contrastaba con como me mirabas, o como respirabas. Comprendí que veías en mí un arpa hecho de carne cuyas cuerdas tocaras en un concierto en Pekín junto al río Changhe, también conocido como el río Único. Me acerqué a ti y susurré una obscenidad que erizó tu piel. Arañé tu pecho y te pedí que me pegaras.

Eso te alteró. Diste dos pasos hacia atrás, mirando los ojos de una loca que te había hecho atravesar la oscuridad más allá de todos los soles que te dieran la fuerza más poderosa que ningún dios tuvo para sí.

No sabes como me excitó tu inseguridad, tus mandíbulas apretándose como si me hubiera convertido en la villana de una tragedia griega que se insinuara a Penélope para que abandonara todos sus tejidos, y la esperanza de Ítaca donde regresara Ulises, por un país desconocido cuya aventura empezara entre mis piernas y se abriera entre mis brazos inciertos.

Me acerqué a ti, insultándote, cegándote, recordándote que aquí no eras nada, que tus pies estaban tan sujetos a la gravedad que ni mil rameras, lanzándote con toda la fuerza de sus sexos devorados por millares de hombres, podrían acertarte ni a mil millones de años luz del más cercano sol.

No te preocupes (dije), he sido deleite de muchos hombres aún cuando mi voluntad estaba en otra parte y el rubor de mi inteligencia se ausentaba en directa proporción a mi belleza. Nada es lo que parece, amor mío: no te devoraré, caerán nenúfares sobre un río de verde luna, te besaré y tú me besarás. No seré de jade ni tú una roca inmutable, un meteorito caído de ninguna parte cuyo abrazo rompería en sangre y tripas cualquier hueso humano. No has de temer nada porque no vas a romperme, aquí, en esta inmensa negrura donde no somos nada, podemos ser libres, unos minutos o unas horas, qué importa.

Te acercaste y tu lengua entró en mi lecho dorado de pléyades. Tus manos, débiles, se amarraron a mis hombros con la timidez del hombre inseguro que teme eyacular demasiado pronto.

No moriré si te derramas (dije), no estallaré con las bombas de tu simiente. No tienes aquí más poder que el de tu inteligencia. Eres humano, más aún que todos ellos, pues un dios despojado de sus poderes es como un niño adulto despojado de su madurez.

Entonces me abrazaste con tanta fuerza como pudiste, y me sentí arropada, y cálida, y tú respiraste sereno, y me apretaste aún más, sabiendo que tu fuerza sobrehumana no existía y que no me rompería.

Mordiste mi cuello con el hambre de quien no ha mordido nunca. Arañaste mi espalda con el ansia de quien acostumbrado a la guerra, nunca supo que podía dar placer con sus dedos. Toda una nueva galería de sensaciones te despertaban en mí, y comprendí, de improviso, la tragedia de ser yo misma en un universo donde los hombres se limitan a contemplarme.

Entraste en mí, con el mismo ímpetu con que legiones de jinetes atraviesan llanuras o desiertos, inhóspito y atrevido, sediento de experiencias tan nuevas como incontrolables, y yo te acogí con el sabor de todos esos desiertos secando mis entrañas como si todos creyeran que mi vida es frivolidad en vez de solamente ciencia.

Nadie sabe cuánto te deseé. Podría haber inventado noches con dos lunas, o haber escrito canciones capaces de hacer llorar a asesinos en serie.

Podría haberte retenido, o querer embrujarte con la humedad que provocas entre mis piernas. Pero nada de eso hice. A cambio de tu amor, viajamos donde otro sol pudiera devolverte la naturaleza que te definió, y no de la que huías al entregarte a mí.

Supongo que tu tragedia era la culpa de ser un dios.

Entonces me quedé dormida o puede que tú quedaras despierto vigilando mi sueño: ¿Verías tu cuerpo desnudo deslizarse dentro de los océanos que habías provocado con tu saliva de luna? ¿Me admirarías por lo que soy en lugar de desearme por lo que ves?

Al amanecer de un movimiento extraño de la nave, te vestiste y besaste mi frente, como si nada sucediera y tu vida no significara sumar mentiras: me besaste como si no supiera que me entregabas un vacío aún mayor que aquel que me aguardaba, como si abandonaras una preciada botella de cristal con un mensaje dentro en lo más recóndito del mar.

Llegamos al primer sol y con él tu fuerza, y con sus destellos luminosos tu traje escarlata, y con él la nostalgia de agarrarme y amarrarme, estrecharme y perderte: un dios solitario perdiendo la virginidad con esa clase de amor ultraterreno que inspiraría a los poetas enamorados del amor y no de las mujeres a quienes amaron.

De nuevo rodeada del silencio de los bips lacónicos, las reiteraciones tridimensionales de un recuerdo moribundo, soñé con el Capitán Futuro, y sus ciudades, y sus villanos, y sus manos sobresaliendo de un traje azul, y su vano intento de salvar el mañana.

lunes 31 de agosto de 2009

El deseo



Te deseo, y aunque el mundo termine esta noche, te deseo. Tiemblan las lámparas y se ruborizan los biombos. La partitura se desliza por debajo de la puerta, y al cerrar los ojos huelo a ti, respiro mar. Te beso tan despacio que apenas notas mi beso. Aquí un leve roce, allí una cierta laxitud, un baile de amantes que se pierden y se intoxican, que se lamen como la lluvia a la roca cuyo llanto resbala por sus quebradizos recovecos.

Te deseo con el sabor a sal que traes en tu cuerpo, arena resbalando por tu piel tan desnuda que se alumbran soles invisibles en medio de la oscuridad.

¿Sudas?

Yo beberé de ti.

¿Te ahogas?

Yo beberé de ti.

La noche se había vestido de fiesta. Franz sentado ante el piano, los pulmones conteniendo la respiración. Su mano se quedó suspendida. Un instante de delicia, un arpegio invisible que aún no había sonado mirabas directamente mi escote.

La primera nota, la mano caída, el tiempo resucitando el exquisito sabor de mi entrepierna en tu boca manchada de mí.

Te deseo rendido, incoherente, torpe, nervioso, temblando suspendido en el aliento de mi boca que es aliento de la tuya, en mi lengua que tortura tu lengua, enmudeciéndola, obligándola a tartamudear.

Te deseo sosteniendo este pesado vestido, rodeada de extraños que no me miraban, desconociendo mis tormentas y mi deseo. Esos ojos que le miran tocar, que sueñan música entre tus dedos que me tocan.

Camino descalza por la habitación durmiente y tan sedienta de ti que tu boca seca en mi ansia seca, que tu lengua blanca es la nieve de mis dedos que me tocan y estremecen cada vez que digo tu nombre y una maldición me abofetea, con toda su ardiente brutalidad.

Estoy tan lejos de mí, en otra parte, contigo.

Estoy desnuda y no te veo. Me gusta que me mires, tus ojos besando con labios inconcretos mi nuca, oliéndome, como si no pudieras tenerme, tras de mí, como si no pudiera sentir como mi pelo se mueve agitado por vientos íntimos y mordaces.

Te deseo entrando con tu lengua devorando la mía, erosionando mi espalda que ha olido mi nuca, arrancando mi vestido con tus dientes que dicen mi nombre, y riendo porque eres tan torpe como todos los hombres y me lo tengo que quitar yo.

La música llenaba el salón, las mujeres suspiraban, el calor se concentraba en las tres chimeneas y en el sudor de todos los asistentes. Franz mataba de amor con sus ojos cerrados y el pálpito de un piano que rozaba entre mis muslos como si tu boca que fuera mi voz me arrancara de un gemido algo tan privado que sólo fuera de ti significara sentir vergüenza.

Tu boca baja por mi cuello, tus manos juegan con mi espalda.

Te deseo así, sediento, salvaje, el viento o el invierno o el huracán atravesando la ventana como un enjambre de abejas que aguijonearan el infierno desatado en mis entrañas.

Caemos. Nos revolcamos. La música sube. Juegas a llenarme. Juego a resistirme. La música juega con tu pelo acariciando mis entrañas. Quiero morirme contigo dentro de mí. Quiero sacudirme la arena del parque que sabe a alcohol o a racimo de uvas embestidas. Quiero morirme dentro de ti, saber a mí en tu boca que es mi boca.

Soy de agua, te susurro.

Soy de aire, me suspiras.

Soy hermosa, y cuando me miras así, soy una obra de arte.

Te deseo agitándote, eres un meteoro venido de lugares remotos, tierra vertida sobre mi cuerpo, un gemido que se ahoga en mi garganta, aliento que quema mi labio mordido como si te movieras salvaje e imprevisto dentro de mí, como si no importara nada más que tú en mí, o yo misma en ti, o la desnudez de mil garrotes lamiendo el borde de un aullido que quiso arañar tu espalda, o escupir sobre el nombre de tu esposa, o saber que el tiempo se suspendía en el preciso instante en el que todo callaba, incluso un berrido sofocado en mi garganta, con los ojos tan abiertos como las piernas del universo ante la polla de dios.

Y en un instante la música terminó, contuvimos el alma, y la vida fue muerte, o la muerte se convirtió en vida, los dedos de Liszt suspensos, petrificados, inertes, sin el menor temblor, o sin la boca que quiso en tu boca morirse en ti, o en mí, en los dos, tan prohibidos como eternos.

Todo se movía con admiración a mi alrededor, como si nada más que la música hubiera existido, como si tú o yo no fuéramos ni sombras ni fantasmas inventados desde el deseo que nace del abismo.

El recatado coqueteo de quien no debe lanzarse jamás, esposas que hace tiempo habían dejado de sentir, amores inconclusos que nunca fueron consumados: todo se resumía tu voz que era tu boca y que nada más era importante.

Mis dientes se apretaron, contenidos, sonreí y aplaudí como una más.

Mientras se acercaban a admirar sus manos, te deseo. Arrinconada en diálogos ridículos con personas por las que no sentía el menor interés, te deseo.

¿Te derramas?

Puede que incluso sudes, o que todo huela a ti.

Besan sus manos mientras que las mías parecen heridas de cloroformo, o de alguna de esas sustancias inocuas que no saben a nada más que agua límpida que se escurre entre los dedos, como si existir no fuera más que un manantial.

Te deseo al final del cuadro, errante y escurridizo, como si fueras la anécdota insignificante de un interludio grandioso, como si nunca me hubieras escrito, como si me hubieras visto por vez primera, como si bailaras cansado una danza un millón de veces danzada y desprovista de toda danza.

Al final todas aplauden y la fiesta termina, tus ojos se apagan y yo muero entre sus dedos, como si me apagara en ti, como si todas las mujeres que besan sus mejillas apagaran el sol, y todo fuera frío, y no volviera a amanecer nunca.

sábado 18 de julio de 2009

Monsieur Absent

El viaje angustiado, Chirico

Se acaba de levantar cuando casi la roza. Se sienta en la misma silla, ha cogido el mismo libro que había estado leyendo, ha respirado su lomo como si fueran unas bragas, o las suyas. Lo abre levantándose, sales de frutas añejas y óxido. Camina unos pasos como si recitara poemas en voz baja o en silencio, sólo moviendo los labios. Bajo la ventana ella tuerce a la derecha, por la calle ancha. Pasan los coches, sus ruedas salpican, aún con todo hay gente que le ha pillado por sorpresa y va escondiéndose por los soportales. Vuelve a oler el libro mientras se pierde. Sabe donde irá, y le gusta quedarse ahí, con el calor de la calefacción subiendo como un suave beso que respiras cuando afuera hace tanto frío. Gira la cabeza, cruza la carretera. Hay coches que se detienen a esperar a que llegue al otro lado. Todo salpica y parece que un director de orquesta pusiera el mundo en movimiento cuando ella llega a su destino. Abre la puerta del portal y desaparece.

Es entonces cuando se aleja de la ventana y abre el libro: un hombre demasiado viejo y demasiado nadie. Sin padre o madre, y sin hermanos con los que hablarse. No ha salido en años de la ciudad, ha ido perdiendo pelo hasta que decidió rapárselo todos los meses. Al principio iba a una barbería, hasta que descubrió una de esas máquinas que te dejan al cero. Había engordado. La cerveza, la comida en lata, las tardes y las noches viendo la televisión, programas concurso, culebrones, espectáculos y variedades, cotilleos sobre gente a la que no conocía y que le traía sin cuidado. A veces iba al cine. Salía temprano, las manos en los bolsillos, la tarde, y todo el tiempo y silencio del mundo para llegar a la sala, pedir su entrada, y sentarse en la oscuridad a ver las horas morir.

Su casa era un viejo estudio que había alquilado a un pintor caído en desgracia. No había cambiado gran cosa, así es que sus paredes aún estaban manchadas de acrílicos y esmaltes, algo artístico, se decía, algo distinto, una novedad. Las zapatillas de andar por casa estaban al pie de la cama, las servilletas en su sitio preciso del cajón, la cubertería debidamente ordenada, el polvo lo limpiaba cada dos días, decía que hacerlo a diario era una obsesión malsana y que no era necesario para tener ordenada una casa. Los cuadros del salón eran de una exquisitez plástica moderada, no le gustaban los colores chillones, ni los grandes artificios de los locos que se dedicaban a ensuciar lienzos buscando algo que no irían a encontrar nunca.

Se diría que era un hombre sin atractivo, anodino, gris. Los pocos amigos que tenía los había ido perdiendo. Aún le quedaban los de la taberna, los sábados que iba a jugar a las cartas y a beber. El único día que bebía: dos vasos exactos de vino tinto, ni una medida menos. Esa cantidad le motivaba y hacía que se le aceleraran las pulsaciones. Jugar una partida al segundo vaso era como precipitarse al vacío sin cuerdas que te sujetaran, tirar las cartas sobre el tapete era verse a sí mismo, cayendo, con el vértigo apretándose a tus muslos como si vivir, su verdadero significado, estuviera en la sensación de que te queda poco tiempo de vida y te aferraras a la idea de no desaparecer, volar, huir de la gravedad.

Era consciente de ese efecto y del mismo modo que un adolescente siente fascinación por su pánico al cine de terror, él lo sentía hacia su vértigo, y eso hacía que arrojar cartas tuviera una emoción que no podía compartir con nadie si no quería que le tomaran por loco.

Al terminar su lengua se desataba como un perro rabioso al que le quitaran la correa, pero era del todo inofensivo, ni siquiera ladraba. Vivía su momento, contaba sus historias, de un pasado que quizá inventó, de una mujer a la que había conocido y por la que lo habría dejado todo, sin embargo, ella no era libre, y al final tuvo que decidir. Solía contar que aquella mujer le había marcado para siempre, que nunca quiso, ni fue querido, como aquella vez, y desde entonces decidió dedicarse a su trabajo en la oficina, a dar largos paseos para que su circulación funcionara como era debido, y a sus amigos, con los que juega desde hace más de veinticinco años la partida de los sábados.

Le escuchaban con toda la atención, porque solamente en aquel instante de la semana la misma lluvia se habría detenido sólo para oír como contaba la vez que lo hicieron por vez primera, la peor de todas desde un punto de vista físico, y la mejor de cuántas vendrían, desde su punto de vista emotivo.

La sensación de nervios, de desnudez, porque él nunca se desnudaba delante de nadie (no iba a la costa, y si había ido alguna vez nunca se había quitado la camiseta), se desvaneció como si alguien hubiera soplado sobre ella. Al mirarle se sintió seguro en sus brazos, supo que nunca podría estar en brazos de otra mujer que no fuera aquella sin sentirse como en casa.

Pasaron los años y la colección de corbatas había disminuido. Ya no le importaba llevar la misma todas las semanas hasta que se estropeaba y la tuviera que tirar a la basura. Al principio le costaba tirar las cosas, se aferraba a ellas irracionalmente, como si tirarlas significara olvidar algo importante y no lo que era en realidad: desprenderse de algo viejo e inservible.

No le importaba que sus vecinos pensaran de él que era un huraño antipático. Al contrario: lo agradecía, de esa forma no tenía que hablar del tiempo y perderlo en conversaciones inútiles que no le aportaban nada. En realidad, había perdido la noción de todo hasta que la vio desnudarse al otro lado de su habitación.

La primera noche había sentido vergüenza, un pudor aún más grotesco que una violación presenciada por un tercero.

No pudo resistirse a la segunda, ni a la tercera, ni a la cuarta.

Conocía su casa a oscuras, y sin encender una sola luz pasaba horas sentado cerca de su ventana, aguardando con paciencia de quien sabe que tarde o temprano se encenderán los focos del escenario, que regresaría, que su ropa caería, que los amantes esporádicos se marcharían sin quedarse a dormir, que cocinaba los domingos por la mañana la comida de la semana que congelaba en envases de plástico, que le gustaba Liszt y encender cigarrillos a medianoche antes de irse a dormir.

Leía libros que sacaba de la biblioteca del barrio. Pronto empezó a seguirla: compraba el periódico en el mismo quiosco, había empezado a fumar la misma marca de tabaco cuando hacía años que no fumaba. A veces se sentaba en la misma parada de autobús, mirándola de reojo, quedándose ahí, quieto, sentado, con todo ese intenso olor a frío y la espalda de ella entrando por la puerta del autobús, alejándoles.

Doblaba el periódico, las noticias ya no eran interesantes, hasta semanas después en las que se levantaría con ella y tomara la misma dirección. Había empezado a escribir todo sobre sus movimientos para no olvidarse de nada, luchar contra la muerte. Cogió libros que hablaran sobre el movimiento impresionista, en ocasiones coincidía con su casero y divagaba acerca de las impresiones que debían quedarse en la retina del visitante accidental, y eso le inspiraba, además, no tenía que hablar demasiado porque él lo decía todo, y eso le agradaba.

Escribía impresiones sobre ella, le puso incluso un nombre. Divaga, escribiría, con sus uñas mordidas en abril. Su ropa, escribiría, huele a periódico de la mañana, a quiosco recién abierto, a churros que se hunden en el primer mordisco envuelto en chocolate. Ha entrado un hombre y ella ha sonreído al verle, le ha besado en la boca y ha cerrado sus ojos como si entrara en su paladar el adagietto de Mahler. Es su lengua que hurga, curiosa. He sentido celos, la habría besado con más intensidad, incluso Mahler habría pensado que no hay música capaz de describir semejante beso. Ha cerrado las cortinas y todo lo demás queda a mi imaginación y a mi desdicha.

He abierto un libro, no al azar, sino uno de los que ha sacado de la biblioteca. Me gusta la idea del profesor que ha perdido a su mujer e hijos en un accidente aéreo y que tras tiempo divagando sin nada que sentir, encuentre la risa en un actor cómico de cine mudo olvidado. A veces creo que describe con precisión mi propia vida: ella se marchó a una vida mejor mientras que yo me quedaba aquí, anestesiado para siempre, hasta que encontré quién me hizo reír. No, no es exactamente reír, la risa es sólo un síntoma extremo de dolor. Descubrí que el deseo es aún más intenso en ti que en cualquier otra parte, y eso me ha estado empujando todos estos días, semanas, meses, qué sé yo, a mirarte, comprenderte, ponerme tus zapatos, toda tu colección, besar a tus amantes, casi tantos como tus zapatos.

Cierra su diario, es breve, pequeño, cabe en un bolsillo, lo está tocando en la biblioteca cuando vuelve a respirar el lomo de un libro que ha dejado su perfume grabado a fuego. Quiere prender un cigarrillo pero no está permitido fumar. Así que saca su carnet y se propone no desprenderse de su joya. A la salida lo guarda bajo su abrigo, no quiere que se moje, ni que le penalicen por devolver un libro en mal estado.

Camina por la calle ancha, no se esconde en los soportales porque hacerlo significaría demorar su llegada. Abre la puerta del portal con el abrigo goteando meses de abril. Abre su puerta. Un chasquido, un movimiento de muñeca acompañado de un ruido. Cierra tras de si. Se quita el abrigo y se alborota el pelo. Tira el periódico a la basura y deja el libro olvidado encima del radiador del pasillo. Se sienta en el sofá y enciende la televisión. Los programas se suceden mientras está muerta, estrangulada, en la ducha. Aún la lluvia está cayendo sobre ella y no le importa nada, si vive o muere, o si le ha utilizado para llevar a cabo sus más oscuros deseos: un hombre maduro mira a una mujer joven desnudarse ante otro hombre joven, más atractivo que él, aunque es dolorosamente cierto que él no es nadie para ninguna mujer, ni siquiera para aquella que inventó y tener una historia que contar los sábados por la tarde. Le excitaba saberse deseada por quien nunca podrá tenerla. Sabía que el vecino la miraba. Tiempo atrás le había pedido algo de dinero porque estaba sin blanca, a cambio, le dejaría mirar, porque sabía que le gustaría, y que podría volver a pedirle una ampliación del primer préstamo. Le dejaría libros viejos, se perfumaría, como aquella mujer que nunca le dejó por otro y cuyo recuerdo guardaba imposible en un cuadro abstracto pintado en el salón de su estudio.

Ahora, afuera sigue lloviendo, y todo vuelve a ser lo mismo, incluso los sábados, los dos vasos de vino, el vértigo, o la muerte.

sábado 27 de junio de 2009

La maleta negra


Siempre quisiste largarte de la ciudad, el amor de una madre no era suficiente, te habían pateado durante tiempo, en largos veranos junto a bares de carretera donde se supone debías crecer como un hombre y comportarte como tal. No fuiste un hombre como querían que lo fueras, ni siquiera te parecías. Nunca entendería que te fueras con una maleta negra, algunas botellas pequeñas de licor de muestra, y un par de revistas.

Todo es la familia, te diría, todo eres tú y tus hermanos y tus hermanas, ¿qué razón hay para que puedas valerte sin mí? Vete si quieres, pero cerca, donde pueda alcanzarte con el olor de mis guisos, donde puedas venir a socorrerme un día cualquiera cuando el baño se inunde y afuera llueva. Donde pueda ver que un día eres parte de lo que se espera de ti.

Las casas son pueblos de enfermedades y fe. Se levantan, llenas de ira, obsesivas, con todas esas pancartas que reivindican la verdad y toda su población con los rastrillos en sus manos buscando pincharte en las costillas. Te has salido con la tuya durante un tiempo, y ahora que las deudas te ahogan se relamen sus lenguas y te dicen cosas como ya te lo dije, o eres un perdido, o no tienes remedio, nunca lo tuviste, fuiste un inútil cuando eras un adolescente y eres un inútil ahora que tienes edad de suicidarte con barbitúricos sin que la ley caiga sobre ti.

Deja de escribir idioteces y sé práctico. Deja de pintar en las paredes todas esas imitaciones baratas a Basquiat. El pueblo te quiere a pesar de ti.

¿Por qué habrías de quedarte donde siempre serás un extraño por mucho que conozcas cada detalle de mi cara? Les asusto, lo sé. Le asusta la idea de saberse desnuda, frágil, y por eso me patea el lado de la cara donde nadie puede mirar, donde es siempre inocente de sus delitos, tan humanos que cualquiera la querría por ellos.

Pequeño pueblerino, dirías, ¿cuándo lo perdiste todo? Porque nunca me he marchado. Estoy cerca de ti, tanto que no se me ocurre otro lugar en el que estar. Te mueves en silencio, en la oscuridad, como si creyeras que no sé lo que haces, que ignoro quién eres. Te he llevado dentro de mí, eres parte de mí. Cada célula de ti me pertenece, cada letra que escribes, cada vez que te asomas al balcón o cada vez que bebes. Todo es mío, pequeño pueblerino. ¿Crees que te dejaría marchar con tanta facilidad? Si no estás donde te necesitan, no te querrán nunca, y yo estoy siempre que me necesites, siempre, para que no te marches nunca. No me dejes sola, no corras, no escapes. No, no quiero que te escapes, quiero que estés cerca, donde pueda saber que me necesitas. Quiero casarte con alguien que sea como yo, desear que quieras eso, y que reces todas las noches antes de ir a dormir, y que pasees por la ciudad que nos ha visto nacer como si nunca nos fuéramos a marchar, y todas esas cosas que nos suceden en realidad formaran parte de la vida de los otros, los que no queremos en nuestra familia, los que sufren de verdad. Nosotros no podemos sentir dolor, porque nos queremos y hacemos siempre lo correcto, y quiero protegerte de todo el mal de un mundo que se ahoga en sus problemas y su delirio. Nosotros no queremos eso, ¿verdad? No sabemos nada de eso: ni de engaños ni de envidias, no sabemos de amigos que se traicionan ni de amores que se espantan en la plaza mayor, cansados de dar vueltas por las mismas tiendas llamándose amor en la inercia.

Sabe que te da miedo el mundo, que eres el miedo.

Deberías coger esa maleta negra con tu par de revistas y largarte antes de que alguien más te persiga. Sé que tienes tus adicciones, que has mentido, que te has reído de todas ellas. Sé que has besado a hombres en cuartos de baño, que has seducido a mujeres en la barra de un bar que creyeron serían para siempre cuando tú sabías que sería nunca. Sé que todas las cosas que prometiste en realidad lo hacías para no saber quién eras, huir de ti mismo, correr lo más lejos posible de tu maleta negra y de tu par de revistas.

Es tarde para ti. Estás atrapado, así que hazlo, vete antes de que amanezca donde nadie te conozca. Siempre se empieza en cualquier parte aunque te digan que eres una eterna historia inacabada.

Pequeño pueblerino, no sabes nada acerca de los hombres, nunca fuiste uno de ellos. Confiaste demasiado, fuiste ingenuo, pueblerino.

Los días se ahogan y el asfalto se pega a tus botas y a tu dedo que se levanta. No sabes dónde ir, ningún lugar es lo suficientemente bueno, o lo suficientemente seguro. Es eso, ¿no? Nada es seguro, ni siquiera tu cuarto, o tu casa, tan llena de enfermedades y fe como el resto de las casas de la ciudad.

Coge tu maleta negra y lárgate. Escapa de todo esto antes de que el sol te alumbre y te descubra. Aprovecha la noche, úsala como un escritor usaría su propia mierda para escribir sobre algo que tenga sentido.

Dime, pequeño pueblerino: ¿jugarás de nuevo al billar con tus hermanos y hermanas? ¿Volverás a reír cuando no puedas sacar tu polla de tus pantalones y decir que un hombre te lamió?

Es cierto: nadie te dirá nada, todos dirán que es normal, que no pasa nada, que hay gente así, como tú, que se ven constantemente en cine y en televisión, y mientras vomitan en sus cuartos de baño y se asquean de cada palabra que escribes, dime, pequeño pueblerino, ¿aceptarán quién eres? Porque lo que te dirán cuando te vean vulnerable es que no eres más que un guarro, alguien perdido que no hace las cosas que debe hacer. Un muerto de hambre que me necesita porque si le doy la vida, sin mí, será de muerte, y yo sin ti, me moriré porque eres parte de mí del mismo modo que los ladrillos se levantan robustos, eternos, en esta casa donde ni los gritos de los antepasados se oyen. Si escribes sobre nuestra naturaleza, sobre quienes somos, traicionas nuestra intimidad, la violas. ¿Quieres eso, hijo? Jesús nunca hablaría así de su padre.

Escapa, huye, el pueblo entero ha cogido sus azadas y las quieren clavar en tu piel como si fueras de tierra. Sólo hay algo cierto, te dicen, nunca te vas a marchar.

Te ríes, sonoramente. Retumbas sobre montañas atravesadas por ríos, nieves cruzadas de vientos, escribiendo sobre un mapa fronteras con hormigas muertas. Te encoges en tu cubil. La luz atraviesa los poros de las persianas como navajas. Ahí está la maleta negra, en la oscuridad, rodeada de polvo seco y de tu cuerpo tan desnudo que ni siquiera tiene vello. Te has incorporado y la has rodeado. El suelo está frío y la lumbre hace tiempo que ya no tiene ni brasas.

Huye, te dices, huye lejos, cambia de nombre y de profesión, sal de ahí, busca un nuevo trabajo, un alquiler económico, no quemes tu maleta negra porque la vas a necesitar. Visita el bar al atardecer y mira como ponen carteles anunciando sus fiestas. Paga lo que has consumido después de haber jugado unas partidas. Al principio te dicen que eres encantador, luego cambian de opinión y no quieren escucharte porque se convierten en madres ausentes.

Entonces sabrás que es momento de hacer tu maleta y seguir tu camino, buscando saciar tu hambre en la oscuridad, donde nada pueda delatarte.

Haz todas esas cosas sencillas, como tambalearte al levantarte de la silla y despedirte hasta la semana próxima. No hay nada que temer cuando dobles la esquina o abras la puerta y te caigas redondo sobre el suelo del pasillo: está deliciosamente frío, dices, con los ojos cerrados y los brazos extendidos. La corriente te adormece aún más, has vuelto a coger tu maleta negra y te vuelves a largar. Las ventanas se mecen y los cristales te miran. Eres el continuo ensayo de una obra de teatro. A veces las cosas salen bien, otras la besas en el establo, a escondidas, rumiando su lengua que no se deja hacer más. La miras y la dices que la quieres. Eso la complace.

Paseáis de la mano a la luz de las lumbres del nuevo pueblo. Y todos envidian el amor entre tú y Anabel Lee.

Durante un tiempo, puede que algunos meses o quizá algunos años, todos creen que no hay nada más perfecto ni nada más sublime que tu amor por ella, que su amor por ti. Vais a conciertos y a cafés, discutís acerca del sentido del mundo, os abrazáis, seguros el uno de otro, pidiéndole al otro que nunca le deje.

Entonces todo era cierto, y cuando algo cambia y sabes que mientes besando furioso la boca de una desconocida en el local de la Magdalena, te dices que debes volver a levantarte de tu silla de montar y caminar tan lejos que cuando alguien pregunte por ti, se encojan de hombros y digan que nunca oyeron tu nombre por este lugar.

Coge tu maleta negra, cuánto menos equipaje lleves más kilómetros podrás andar. Dicen que la carretera es dura, que los coches no suelen parar nunca, que pasan a demasiada velocidad y que ya nada es lento.

No eres un pequeño pueblerino, te dices. Las puertas se esfuman, no hay nada estable, y aunque todo esté abierto, no hay nada que temer. Sí, nada que temer. Nada. No. Nada.

Eso te dices, agarrando con fuerza tu maleta negra mientras me paso los días viendo tu espalda.

lunes 1 de junio de 2009

Los amantes

Los amantes, 1928, René François Ghislain Magritte


Cine negro y Sterling Hayden. Es cuánto nos queda, me digo: un atraco, o Johnny, adoro su guitarra y el duelo de mujeres.

Y doy un paso al frente, como si me costara. Los cisnes se dispersan por encima de nuestras cabezas, en algún lugar hay una verbena, y los parques se llenan de atracciones y de niños que señalan con sus dedos caprichos que pesarán en su futuro.

Hay tantos cobardes, me digo mientras pierdo el sombrero.

Y doy otro paso, y luego otro, y la calle se alumbra con fósforos y tabaco. Me gustaba tanto fumar que encendía tus cigarrillos con mi boca, como si te besara, envenenándome.

Cobardes, me repito: miedo a vivir y mierdas por el estilo.

He nacido con una sensibilidad que me arrastra al siglo XIX, o puede que a todos los siglos: Baudelaire, cabronazo, ¿qué me has hecho? Eras un adicto, como yo, o puede que yo lo sea como tú. Huelo tus flores del mismo modo que Johnny podía oler la pólvora. Últimamente me perfumo, ¿no lo sabías? Yo, que renegaba oler a otra cosa que no fuera a mí mismo, ahora que mi sudor me traiciona, me hundo en ti, en tus culpas que son las mías, en tus traiciones que me pertenecen, en tu desesperación por salir de tus deudas que es la mía propia. ¿Es necesario tanto dolor?

La belleza se sacrifica por los idiotas que van a los museos un domingo cualquiera, fascinados por la desgracia, deslumbrados por los colores con que la agonía desnuda al mundo.

No hay verdad sin un excremento que se anude a la lengua con la ira de un amante reprimido que un día encuentra la lengua precisa.

Te estoy besando, te arranco la ropa. Tu espalda se golpea contra la pared. Bailamos, mientras te pellizco, o quizá tú me muerdas a mí. Nos devoramos, hambrientos, prohibidos. Mis dedos hurgan dentro de ti y tu boca se abre con versos que nunca antes se hayan descrito. Tu vida desfila en tus manos que me tocan: corres, y corro. La cama está enferma de nosotros, de tus brazos que me rodean como si hubiera cometido un delito y no quisieras reconocerlo. Me golpeas con tu boca y yo te devuelvo el golpe. Me escupes con tu aliento, y la punta de mi lengua se come tu saliva. Suben tus manos, suben las mías: mi nuca, enredada a tus yemas, el vals entre mi pelo, entre el tuyo, soldados por las bocas como plomo fundido, suena el aire y te oigo estremecer, cayendo rendida sobre el suelo.

- Todo es tan frío-, me dices.

Me agarras, corres. No, tus manos son de cemento, y se hunden bajo mi espalda, en mi culo, insistiendo en morir más, caer más.

- Quiero que me hagas daño-, dices. No quiero que quemes cigarrillos entre mis pechos como querría James Dean. Nada de eso: quiero que me hagas sentir viva. ¿No es el dolor la tragedia de quién comprende que nada merece la pena si te condenas? Por eso me río, hundida, a ti, mi amor, mi desesperación. Mátame con la punta de tu glande, entra en mí como si fuera virgen, como si ningún otro hombre hubiera estado en mí antes. ¿No somos siempre una primera vez para todos? Qué ilusos quienes no lo comprenden. Somos siempre nuevos en un lugar que nos arranca la belleza. Me pregunto, bueno, sí, me pregunto cuándo morirá la tuya. Oh sí, la tuya nunca morirá: eres uno de esos condenados, un amante del cine negro, de Sterling Hayden. ¿No hacía siempre de perdedores? Hazme daño, perdedor. Lárgate de aquí, o jadea entre mis piernas. Muerde mi clítoris, o pégame. Eso sería sencillo. Pero tú puedes hacer algo más: puedes convertirme en tu adicta. Sí: hazme daño con eso, golpéame con cada palabra, cada frase será un arpegio que recorra mis pechos y baje por mi vientre hasta mi coño, que se inundará donde tú no estés y no puedas tocarlo, y desearé tanto que lo toques que estarás con otra. Moriré de celos y soledad. A ella la dirás: puta, y a mí ni me mirarás. No recordarás mi nombre y no te inspiraré ni un gorjeo. A la salida del trabajo, pensaré en ti, y caminaré largo rato buscando mil formas de volver a verte, de repetirte. Estarás en otra parte, olvidándote de mis manos que te arrancarían la vida.

Me miras. Te miro. Estoy tan dentro de ti que estoy bailando.

- Me gusta como te mueves.
- Me gusta como te abres.
- Antes no lo habría hecho.
- Antes nunca habrías venido.
- Lo sé.
- Calla.

Y callamos.

Una gota de sudor cae de la punta de mi pelo. Hueles a mí. Te gusta olerme, y a mí me gusta olerte. Mañana no existe, te digo, todo esto es sólo producto del éxtasis, necesito utilizar a alguien: a ti. Sólo quiero escribir mañana y necesito para ello vivir, traicionar, rendirme, tropezarme, vomitar en los callejones, leer la mitad de los libros de una biblioteca que nunca he visitado, o ver películas como si me fuera la vida en ello. Y oír música: gemirte, que me gimas, follarte arriesgando mi futuro: ¿quieres eso? Quitármelo todo, entrar en ti, desnudo, sentirte, en tus paredes, exquisitamente sensible, una sinfonía expectante que aguarda el preludio más hermoso y demoledor que haya oído jamás.

Y doy un paso al frente, donde los pavos reales despliegan sus abanicos y los adictos al deseo te hacen promesas tan frágiles como el destierro de los héroes.

Te irás, o me iré. Puede que sea el primero en largarme. Pagaré la cuenta y el bar quedará vacío. Me iré, o te irás, dando tumbos después de haberte jugado la paga de un mes a las tragaperras. Dura tan poco todo que a veces no sé qué fue verdadero. Me siento delante de Goya ciego o de Vermeer infiel, otros días lo hago de Paul Klee, mientras leo cartas de Kakfa. Tal vez nos encontremos, tal vez no, en otro bar, donde la misma música nos haga hablar de algo, aunque sea de amor.

domingo 17 de mayo de 2009

La ciudad que me vio morir

Metrópolis, George Grosz

De la tumba al jardín, de las hojas en la hierba a la suela de tus zapatos, de un pintalabios a la ciudad, tan vasta, gigantesca, huele a gris, a aceras rotas, a velocidad, a culpa, a deseo. Me muero, ciudad, estoy tan lleno de nada, que me muero, ciudad.

Me digo que la cosa no está tan mal del todo; un par de malas historias que escribes sobre tu pared desnuda, como si a nadie le importaras tres mierdas, varios centros comerciales que recorres para bajar el colesterol, y el deseo de volver a fumar es tan intenso como tirarte del pelo y follarte sobre el mostrador. No sé tu nombre, pero te haría beber el agua de la taza del retrete mientras entro por detrás, y gimes y te ahogas, y me dices que me quieres, quien quiera que sea. Me muero, ciudad, estoy tan lleno de nada, que me muero, ciudad.

Todas las aceras son la misma acera, todos los cines ponen la misma película, todas las mujeres son la misma mujer. Todas las mujeres son Jean Seberg.

Mírame, le digo a la dependienta, ¿ves algo en mí que no sea vulgar? Mi ropa se rompe entre mis piernas, no tengo ni para comprarme unos pantalones, llevo la misma camisa negra desde hace años, lo único nuevo son mis pulseras de cuero y se están ajando como un libro expuesto al sol. Sé honesta: ¿ves algo en mí que no sea vulgar? Bebo todas las noches para apaciguar la culpa, y también lo hago las mañanas de los fines de semana, de los días que libro, del tiempo que tengo para regodearme en todas las miserias que puedas imaginar. Soy un drogadicto de la culpa, y del deseo. Desear me hace sentir culpa. El deseo hace que lo pierda todo. Todo es absurdo: los amigos se rompen con papel y encuentras nuevos buscando en la sección de oportunidades. Dime, por favor, si ves algo en mí que no sea vulgar.

La ciudad levanta el polvo de los arcenes y deja que pasen los carros de la compra y que se caguen los perros en los parques, jugando con sus dueños el deseo de la esclavitud. ¿Crees de veras que alguien compraría uno sólo de tus poemas? Mírate, estás detrás de un mostrador absurdo, aguantando las miradas de los que te quitarían la poca ropa que llevas. ¿Crees de veras que se detendrían a comprender uno solo de ellos? Querrían llevarte a la cama, sin más. No es que la cama tenga nada de malo, es sólo que tus poemas importan poco. Mírate, en uno de los probadores. Mírate: el tiempo pasa y no hace prisioneros. ¿Qué hiciste todo este tiempo, dónde estuviste? Gastas los días viendo películas de los ochenta, y aunque creas que esas películas envejecen, en realidad no lo hacen: envejece tu forma de verlas.

Mírate, mírame, porque cae la luz suave sobre el bloque de enfrente, echan los toldos, y las madres desconocidas sacuden el polvo de las alfombras agitando sus problemas en el balcón, tirándolos, inservibles, flotando en el aire que se los lleva un par de ventanas más adelante. No tengo alfombra, así que me atraganto con ellos. Ojalá pudiera besarte, enredarme a ese bermellón.

Me siento en el banco frente a tu tienda, donde puedo verte, o verme tú a mí. Pruebo a escribir con distintos tipos de bolígrafo sobre los mismos tipos de papel. Miro donde nadie mira, conozco las sensaciones pero no encuentro las palabras. No sé por qué no aprendí antes a escribir música. Esta frustración se me agarra a las paredes del estómago con la fuerza con que te agarro de las caderas y empujo. Estamos tan solos que a veces nuestra voz se encuentra en su propio eco.

Oyes, te oyes, tan desnuda que llorarías. Oyes, me oyes, tan inhóspito que mi nombre se pierde en la vorágine y el vértigo de otros nombres.

Todo está tan vacío como tu tienda.

Pasan de largo, ¿verdad? Apenas ven el escaparate, una cara bonita, los poemas escritos sobre los neones, como viejas historias escritas por grandes hombres que, en realidad, murieron débiles y cobardes, agarrados al cuello de una botella o al de una pipa llena de opio. Amaron a las musas, se dejaron crecer la barba y custodiaban las llaves de las casas de los dioses.

La hora de cerrar, todas las horas son la misma hora, todos los días son el mismo día. La misma llamada de teléfono, la misma cocina, los mismos cubiertos, la misma escena, los mismos programas de televisión.

Esta noche no llegas a casa. No has cogido el teléfono, no tienes hambre, no quieres ver nada en televisión. Te pierdes, y yo contigo. Nos perdemos. Escribes poemas tan tristes que te arrancaría la piel para que entrara el sol en tus pulmones. Caminamos lejos y nos volvemos a perder. Atrás queda la ciudad o los escaparates desde donde nos miran. Ya no hay semáforos, ni pasos de cebra. No quedan pequeños comercios, ni reuniones en el centro. No quedan bloques, ni macetas en un ático. No hay canciones horrendas tronando ineptas dentro de conductores que aún no han crecido. Vamos más allá de Whitman: inventamos esquelas con nuestros nombres para saber cómo seremos cuando estemos muertos, quién nos echará de menos, quién nos llorará.

Todas las mujeres son Jean Seberg. Y todos los hombres también.

Bésame, quiero hundirme para siempre. Bésame, haz que la tierra se abra, o échame de aquí, haz que grite, lejos, muy muy lejos, donde no hay sombras, ni misterios, donde las camas no se vacíen con los ceniceros o la resaca, donde no me mates, ciudad.

miércoles 15 de abril de 2009

Emily


Emily Brönte era virgen. Es imposible comprender su obra cumbre sin conocer este hecho. Su historia de amor con Heatcliff es tan irreal como las obsesiones que se cernían sobre sus páramos, o la muerte rondando la lluvia mientras paseaba a solas y gemía en silencio. No hay amor que sea capaz de retenerse con tanta certeza, ni crueldad tan dañina que atraviese el tiempo y moje eternamente las ropas de los amantes. Todo es mucho más leve: Branwell había entrado en su casa, borracho y amargado. Afuera crujía el telar mugriento del cielo. Vestido con harapos, balbuceante, como un niño, se lanzó sobre su hermana. Emily, con el ceño fruncido, le sostuvo, fingiendo serenidad. Él se rió y le recordó su infancia, los días que pasaron jugando juntos, todo lo que la odió cuando se fue a Bruselas, abandonado, todas las almas que había maldecido en sus páramos deseando que la muerte le arrancara el corazón y se lo comiera aún palpitante.

- ¡Sólo quise pintar un retrato tuyo! Un maldito retrato que me ahogaba como este paisaje desolado y umbrío. ¿No puede un hombre enloquecer durante un instante, o una vida, o toda la eternidad por su desdicha?

Para cuando quiso besarla su mano ya estaba dentro de su vestido, hurgando, mientras el viento golpeaba la ventana que, abierta de súbito, movía las cortinas y mecía en una vieja silla a dos adolescentes que se prometían en secreto. Como una nana su boca se había abierto.

- Sólo un mísero retrato cuya luz fuera la precisa. ¿No puedo hacer nada bien? ¿Tengo que abandonarme como este mísero y pobre paisaje, ser engullido por sus tempestades y su desaliento? ¡Ni siquiera esta noche soy tu sangre! ¡Deja que te devore! Mi vida se apaga, tan estéril como los ungüentos del médico o las oraciones del padre. Ni siquiera soy una llama que alumbra un cuarto a oscuras: soy un cabello que prendido brilla con la intensidad de lo efímero. Nada. ¡Eso es lo que soy!: ¡Nada! Y sólo persigo tu aliento, tu boca que se enreda, toda esa serenidad. Dámela, porque estoy muerto aún cuando mi carne esté todavía caliente. ¡Tú me asesinaste! Sopla en mi boca, siente el aliento de un cadáver, los huesos que se anudan a tus costillas para subir hasta tus pechos. Sé mi yo, mírame al otro lado de un espejo deforme. ¿Por qué no me dejas ver en ti una señal? ¿Por qué has de ser tan severa? Deja que mi humanidad se derrame como el agua de un manantial sobre sus colinas secretas, permite que sea solamente yo, sin expectativas, despojado de toda grandeza, solamente humano, torpe, sin ninguna bendición.

Branwell se desplomó de súbito en el suelo. Con paciencia y abnegación, como sólo un espíritu romántico puede comprender, sudó y padeció, y volvió a secarse el aliento de su frente, y le arrastró hacia el camastro. Allí le veló, le ardió el alma y gimió en silencio cuando pensaba que estaba tan inconsciente que no le oiría mirarle, como ya lo hiciera en sus paseos solitarios.

- Tú no sabes, amor mío, tú no comprendes. Oh sí: muérdeme el labio que arde en mi boca como si fueras hielo que congelara mi alma. Sé tú, solamente tú, mi amor, mi rencor, todo lo que odio y todo lo que amo, aquí, en este lugar de tormentas y aguaceros. La civilización queda tan lejos que no somos más que animales salvajes que se aproximan para entender que una vez fueron humanos, libres de todo pecado, vírgenes. Ojalá no fueras la raíz que se hunde en la tierra en vez de viento fugaz que pasa y deja un temblor que se olvida. Cuando mueras, yo moriré. Cuando tu aliento se apague con la lluvia, yo seré la misma agua que se cuele en tu tumba, siempre perenne, eterna, y dirán que los cipreses son tu rostro que se mira en el espejo.

Emily ya estaba rota. Entonces se miró en uno polvoriento, ajado.

- Sí, Heatcliff, se romperá el mundo, estallarán todas las eternidades. Duerme tu sueño de opio, fuérzame en las noches de luna llena. Haz todo eso, todo: soy tú, eres yo, ¿o no entiendes que si te marchas no tardaré en seguirte, si mueres, no tardaré en morir? Sí, amor mío: hunde tu daga en mi pecho, haz que el mismo dios nos condene, escupe sobre las aguas de Moisés, rompe mi ropa y desposéeme de todo este fuego que me quema con sus mil muertes y sus mil condenas. Llévame contigo y déjame descansar con la brea de tu tumba.

Así fue como Branwell vivió, y así fue como murió: durmiendo. Así fue como Emily velaba y escribía sus poemas y su única novela. Así, dejando que una pulmonía la poseyera el día de su funeral, como si una maldición la llevara consigo y nada importara, salvo los páramos, su adolescencia, los besos que le habían robado a los destierros y a la educación de su padre, ser poseída como si los demonios de la locura se burlaran de la razón, haberse roto por él, por Heatcliff, y morir antes de tiempo, condenada eternamente a no conocer la bendición del amado.

martes 14 de abril de 2009

El hombre que arde

Conocí a alguien que pasaba las tardes bebiendo bourbon sentado en un balcón. Solía decir que lo único que merecía la pena del mundo era mirarlo, verlo pasar, ver atardecer, echar sus buenas meadas mientras se miraba en el espejo y se reía.

-Soy un perdedor- decía- ¿a quién le importa? El asunto es que bebo y duermo como un niño por las noches, y siempre estoy ardiendo.

Llenaba su vaso.

- ¿Ves? Una tarde más, un día más. No sucede nada, y yo huelo a toda esta calma. Aquí no hay ningún padre decepcionado contigo, ningún hermano inmaduro que te retire la palabra y que reniegue de tu sangre porque no quiere lo que desea, ningún amante que te reproche que escribiste pensando, tal vez, en otra. No hay hijos que te reclamen tus propios errores. Ni siquiera sientes ansiedad por cada amor nuevo que entra por esa puerta y te desnuda.

Bebe un sorbo, se sienta en su silla, frente al cristal sucio de su ventana.

- Tengo vértigo. ¿No nace así el amor imposible, con un vértigo?

Me mira, sus ojos entran en mí como si fueran los míos. Asiento, y me pregunto cuántas veces sentí esa clase de vértigo, en realidad, cuántas veces han sentido ese vértigo por mí.

- Me han querido.
- ¿De veras? Enhorabuena, eso es más de lo que puede decir un perdedor. A mí no me quiso nadie. Bueno, la botella siempre me ha querido, aunque hubo un tiempo en el que la mirada con recelo y odio: cuando creces con un padre borracho que en lugar de saltarte las lágrimas te salta la sangre de la nariz, no te queda muchas cosas que querer.
- No lo han hecho como crees.
- ¿Saltarte las lágrimas o la sangre de la nariz?
- Quererme.
- Sírvete una copa, anda. Es buen bourbon y es día de luna llena. Los días así estamos más exaltados. No me preguntes por qué, deja que sea algo supersticioso y secretamente romántico.

Me la sirvo. Son tan breves las tardes. Me siento junto a él, viendo el mundo a través de un par de ventanas sucias.

- Quien me ha querido en realidad no ha querido hacerlo de verdad. Era demasiado mucho, o era demasiado poco. Toda esa pasión derramada, todo ese miedo. Me han hecho sentir tan solo que a veces he buscado en la basura de la calle cualquier cosa. Y me han querido auténticas desquiciadas, quizá las únicas que me han amado de verdad, al fin y al cabo.
- Joder amigo, brindemos. Me cago en la puta: esto merece un jodido y maldito brindis. Eres mi hermano.
- Bueno, yo tampoco he sido el hombre del premio gordo. Me he escondido de tantas cosas que me convertí en un desconocido incluso de mí mismo. Dios, ni siquiera era capaz de reconocer mi sombra cuando una linterna me apuntaba a la nuca y me veía ahí, sobre los ladrillos de esa pared.
- Yo conocí a Ana. Le gustaba la nieve. Hacía muchas fotografías y me miraba siempre, bueno, con esos ojos, ya sabes, con esos ojos, como si todo fuera eterno y nada fuera a terminarse nunca. A veces salía a la calle con una blusa tan blanca y unos vaqueros tan marrones y esas botas que le regalé por su cumpleaños. Decía que le gustaba quedarse helada porque cuando entraba en casa yo le gritaba y me ponía nervioso y al final la abrazaba, para que se le quitara todo ese temblor en las pestañas.
- Así que tienes toda una vida.
- Tengo una sola, no necesito más.
- ¿Y qué sucedió?
- Lo que pasa siempre: todo tiene un final. El amor acaba si no te rindes a él, si no te conviertes en su esclavo, si algo dentro de ti va rompiendo algo, como jarrones de jade, ya sabes, toda esa porquería que acaba adornando las estanterías y los muebles de las casas como trofeos de viajes de los que, en realidad, no aprendimos nada.
- Ella me besó en un portal, y llovía. Sí, sí. Lo sé. Es una de esas típicas escenas que describen los adolescentes en sus relatos de amor, pero te juro que es cierto: llovía a cántaros y hacía un frío de mil demonios, y yo estaba tan nervioso que ella me debió ver tan vulnerable que si hubiera soplado, me habría roto. Lo que no sale en esos relatos es que llevaba uno de esos pantalones de pinzas; quería impresionarla con mi estilo, qué sé yo, era un crío, y tuve una erección tan gigantesca que creo que nunca la he tenido más gorda en mi vida. Y me moría de vergüenza, porque yo podía fingir indiferencia cuando su lengua se enroscaba a la mía, pero mi cuerpo la estaba pidiendo con la fuerza más primitiva, como si fuera la única mujer sobre la faz de la Tierra.

Brindamos, la tarde caía como la falda de una amante.

- La luna es como la punta de un tacón, un ojo que te mira. A veces creo que es el foco que vuelve locos a los lobos buscando a su amor en todas esas montañas donde aúllan, solitarios, perdidos, suplicando que ese gran ojo blanco se gire y alumbre la pelambre de la amada oculta.
- Idiotas, los lobos: tan salvajes y tan esclavos.
- Así son los poetas: salvajes y esclavos. Hace tiempo dejé de escribir o de admirar un cuadro, o de escuchar algunas de esas canciones. No sabes como me gustaba gritar en los conciertos, enamorarme de las solitarias y de sus baladas, tan hermosas y decadentes. Le cantaban a las estrellas rotas por una dosis en un bar de carretera, o se condenaban a un sexo que no les correspondía y lamentaban el verdadero beso ausente, o se fingían duras y le gritaban a las pollas: “Ey, ¿quién te crees que eres? Yo te levanto por las mañanas, yo te saludo, sin mí no eres más que un trozo de carne. Ey, ¿quién te crees que eres? ¿Acaso un vagabundo del Dharma? Ni siquiera sabrías quien es Keroauc ni aunque te lo explicara con la punta de mi lengua”.
- Estoy ardiendo.
- Es el bourbon.
- Puede que tengas razón. La noche está aquí.
- ¿No te gusta?
- En realidad sí.
- Quédate a cenar. No tengo gran cosa que hacer: sólo sentarme aquí hasta caer dormido.
- Y arder. Porque tú ardes.
- No soy yo, es el bourbon.

Entramos: un mueble vacío y polvo. Una mesa vacía, tan limpia como la primera vez que la compró. Caminaba descalzo en el salón en penumbras. La casa estaba vacía y se oía mi respiración.

Había prendido un cigarrillo, y pensé en todo lo caduco, en la flor de los cerezos, en una casa en las afueras y en esas bragas con olor a manzana blanca que te ponías.

lunes 6 de abril de 2009

El callejón de los desheredados


Escuchas hablar a las viejas, sus abanicos tocando sus enormes y rugosos pechos, escotes de franela, todas esas frases hechas que huelen a pueblo y a cine de Florián Rey. Escuchas las canciones de la orquesta estropeando grandes clásicos, en el kiosco de la música hecha de madera, en la plaza de la ciudad. Y se ríen, y se vuelven a reír: vieron a su vecina vestir como una adolescente, minifalda y tacones de aguja, un cigarrillo rodeado de carmín y un par de frases obscenas en una voz tan rota como sus medias.

La ves caminar, como pavoneándose, diciendo cosas a los mozos que la miran como si estuviera loca, ahí, en el callejón de los desheredados.

Ella no hace caso, y las mira, y ellas se ríen con sus pelos tan blancos y los moños tan recogidos.

- ¡Mírala! ¡Se cree que es una chiquilla! Si su marido levantara la cabeza, volvería a la tumba con dos o tres espasmos, aunque antes iría a la taberna a beberse seis o siete vinos tintos.

Y se vuelven a reír, y los abanicos son banderas que huelen a colonia rancia sobre pieles añejas. Sus dientes están partidos, y quizá ya lo estuvieran cuando tenían cartillas de racionamiento. Ahora, con una pensión baja compran en el mercadillo grandes bragas beis, sujetadores que dan tres a precio de uno, y sólo conocen una forma de hacer arroz los jueves por la mañana.

Se acerca a ti y se pone de rodillas: te está sonriendo y dice que quiere cortejarte, que nunca ha visto a un mozuelo como tú. Dice que ellas no saben nada del amor y que ella conoció a tantos amantes en la guerra que España no pudo más que contenerse para no sentir envidia de su pasión.

- Fui amada por reyes, por hombres de bien, me quisieron casados que vivían infiernos con sus mujeres a quienes apenas podían tocar, fui fuego de poetas y Lorca se habría convertido si hubiera vivido el tiempo suficiente. Y si te hubiera conocido entonces, te habría cogido de tu corbata y te habría llevado al callejón de los desheredados.

Se pone de pie y te mira. Divertido, le devuelves la mirada y piensas: - Vieja loca, si alguna vez conociste hombre seguramente fue al sepulturero, que tocaba la armónica por las noches y cerraba tanto los ojos que lo único que le quedaba era tocar tu lengua con sabor a plástico para tocar una de esas tristes canciones. Y puede que tuvierais un par de hijos y que tú envejecieras tan pronto como los tiempos, y que él se marchara por las tardes a beber y a jugar su partida de mus, y puede que incluso te escondiera parte de su sueldo para irse de fulanas, en realidad, las únicas mujeres que comprendían lo que quería mientras cavaba las tumbas de los fusilados.

La vieja loca dice: - Soy Salomé. ¿Pensabas que no sabría moverme, que mi vientre está muerto del todo? Yo fumaba cigarrillos cuando tenía quedarme en casa, amaba con la fuerza de mil terremotos y sólo fui fácil y dócil para quien deseé como si la tierra fuera a desaparecer mañana. Cultivaba la tierra como cualquier jornalero, y mientras mis manos encallecían los amores se iban lejos, escribía poemas que nadie leería, y los pintaba en el callejón de los desheredados: el lugar donde todos se esconden y nadie repara en el decorado.

Te saca a bailar, un pasodoble. Te dice que no bailará con otro, te dice que no ha conocido a nadie como tú, que el mundo empieza siempre mañana, que le encanta divertir a esas viejas grullas con un joven tan encantador como tú.

- Puede que mueran mañana: ¿serías tan cruel de quitarles algo de alegría?

Así que bailas, y respiras la arena de las plazas de toros, ves a Dominguín dedicándole algo a Ava mientras gimen bajo las palmeras de Sevilla. Bailas enloquecido, los tocadiscos y el bullicio de los cubalibres, en los sesenta, cuando llevar el pelo largo te convertía en un rebelde.

Lees a Marx y sueñas con enlatar tu mierda en botes soperos que venderás en los noventa como la mayor de las provocaciones hacia el arte. La vanguardia te lleva a besar a una mujer cincuenta años mayor que tú. Hablas de decadencia y tú mismo eres un decadente. Las mujeres no te dejaron porque nunca dejaste que estuvieran lo suficientemente cerca. A veces pagabas y les contabas tu historia. Una de esas putas te dijo: - Eres una buena persona, dejaría esto por ti.

- No estoy enamorado de ti.
- Yo haría que te enamoraras. Nunca me corro con los clientes, y contigo quiero morirme en el callejón de los desheredados.

La besaste allí, mientras le hacías fotografías de sus mamadas, y ella se dejaba fotografiar porque pensaba que estabas quedándote con su alma, y siempre estaría ahí.

Hace tanto tiempo que no la ves que los dos habéis cambiado de teléfono, y a veces echas de menos besarla en el pasillo, contra la pared, bajo tu retrato pintado a bolígrafo cuando entraba oliendo a vainilla y menta.

Y bailas y las oyes reírse, bajo las guirnaldas y la noche templada de abril.

- Asómate a la muerte- dicen-, todo te parecerá más ligero y nada tendrá importancia. Ven aquí, siéntate con nosotras. Ven aquí, me da coraje verte ahí, tan solo y amargado porque te dejaron dos o tres mujeres, quizá alguna más. Ven, no seas tonto, Ramona está imitando a su nieta: empieza a salir y viste para gustar a los chicos y estar a la altura de las circunstancias. Escribe poemas que nadie lee, como ella, puede que crea que no merece la pena mientras se asoma al callejón de los desheredados. Ven, anda, siéntate con nosotras: Cenicienta se pasó la vida barriendo una vieja casa mientras amaba al marido de otra y sufría en silencio todas esas noches en las que los muelles del colchón hacían temblar la cordura. Ven, ahora que la música ha terminado y el centro de la ciudad abre sus ventanas.

Te sientas y ves como Ramona se burla de otro. Ves como se sonroja, y ríes, con ellas, y te prestan un abanico, y lo agitas sobre tu pecho, y el joven huye, y le cuenta a sus amigos historias fantásticas sobre una bruja vestida de oro y anillos que quiso seducirle con malas y perversas artes.

Te subes las gafas e imitas a la Chus Lampreave del cine de Almodóvar.

- Igualita que tú – se señalan con las uñas gastadas de fregar sin guantes de latex-.

A medianoche, todas ríen contigo, y detrás de ti, hay un jarrón con flores frescas bañadas en agua venida de la lluvia del callejón de los desheredados.