
Fue cierto que la niebla que anunciaba la tarde en la mar se adueñó por completo de la noche y de la inquietud de los marineros que llevaban a Ulises a Troya. En cubierta podían verse los ojos ahogar su brillo en la densa oscuridad blanca de una noche incierta. Cantaban, algunos, susurrando letras de dioses muertos en lenguajes ancestrales. Todo estaba permitido en el mar, el arrullo de los hombres que temibles en la batalla a su vez eran corderos temerosos de perder la vida, o la cordura, ante aquella cegadora naturaleza. Aquiles se paseaba inquieto, y Ulises no se apartaba de la proa.
Los besos de Helena, pensaron.
Su boca y su voz, volvieron a pensar sin decirse una sola palabra.
Las noches secretas de Helena, tumbada en su cama aún más blanca que sus lechosos pechos cuyos frutos alimentaban el orgullo de su padre Zeus. Sus brazos se abrían para acoger la simiente del amado entre esponjas cálidas, que lo abrazaban, y lo acogían, para luego verle partir por pasadizos que borraban las huellas de aquellas noches silentes.
Los besos de Helena, repitieron sin mirarse.
Su boca y su voz, volvieron a repetirse sin decirse una sola palabra.
Ambos sabían de los días que Helena pasaba abrazada a tantos hombres que algunos, los más insignificantes, nunca parecieron existir. Y ambos también sabían, que besar su boca era como besar la boca del último hombre con el que estuvo. De esta manera, puede que Ulises hubiera tomado algo de Aquiles, y que Aquiles hubiera tomado algo de Ulises, de la lengua de Helena.
En medio de ninguna parte, soñaron con Troya.
- Me fingí loco -había dicho Ulises-. No es difícil fingirse loco en la ciudad, todos te toman por tal si infringes las leyes de la naturaleza. Ponte a sembrar con sal un campo de centeno, o di que una espada de acero flota sobre el mar, y todos los que creen conocer la verdad acerca de las cosas te dirán que no estás cuerdo. La guerra no es para los hombres como nosotros, Aquiles. La guerra es para los moribundos o aquellos que tienen tanta hambre que vuelcan toda su ira contra quienes consideran el mal de sus males.
- Esperas oír cantos de sirena, ¿no es así amigo mío? –dijo Aquiles.
- En medio de esta inmensa niebla, con nuestros hombres abrazándose para no olvidar que no están solos en medio de la nada, el canto de una sirena que nos embrujara sería una bendición.
Helena me embruja, pensaron.
No sé si al entrar entre sus piernas desde mi cintura hasta mis pies (reflexionaron) mi cuerpo entero sea la cola de una sirena. Porque Helena canta cuando estoy dentro de ella, con mis piernas juntas y sus piernas asiéndose a mis piernas, moviéndome al compás del mar.
- Estamos varados –dijo Aquiles.
- En algún lugar puede que ya lo estuviéramos – dijo Ulises-. No dejo de pensar en la guerra.
- Paris se la llevó y juramos, juraste, proteger su matrimonio con quien ella eligiese, y fuimos ciegos al seguirte. Sin embargo, todos sabíamos por qué te seguíamos. Todos, incluso yo. Somos locos, amigo mío. Lo perdimos todo en nombre de una mujer que nos poseyó a todos, y sedientos de los días pasados, no dudamos en derramar sangre para instaurar el imperio perdido. Porque no te engañes: Menelao no es un hombre. No es como nosotros.
- Calla, imprudente.
- Si he de morir, Ulises, quiero morir sabiendo como he vivido.
- No vas a morir, esta niebla se irá cuando amanezca.
- Cuando amanezca volveremos a ser hombres feroces que engullen el mundo. Seremos como los dioses, y tú la personificación de Apolo.
- ¿Y quién serías tú?
- Sin lugar a dudas: Hades.
Helena me besa, piensan. Me llama los días de luna llena. Dice Helena que la luna se esconde en sus pezones que beso, fríos como el mármol y la luna.
Sienten como sus manos escriben en su espalda épicos poemas que enamorarán a Herodoto.
Algo tan bello tiene que ser necesariamente cierto, se dice Herodoto, que le da crédito a Troya, a la muerte de Aquiles, al viaje de Ulises, a la belleza de Helena de Esparta.
Los poemas son la historia de los hombres, dice el historiador con solemnidad.
- Los cánticos de las sirenas son mentira –dice Aquiles-.
- Las sirenas no existen –asevera Ulises-.
- No es eso: la poesía es la voz de una sirena cuya femineidad te ciega. ¿No la ves a ella como una sirena que nos canta a pesar de esta niebla embaucadora?
- No sé qué quieres decir, ni de qué estás hablando.
- ¿Derramarías la sangre de Troya? –pregunta Aquiles-.
- Derramaré la sangre de quien no entregue a Paris vivo.
- Arderá entonces Troya.
- ¿No fuimos acaso hombres que ardieron? Ningún fuego devora a otro fuego.
Helena cierra los ojos y yo los tengo abiertos: no quiero perderme un solo gesto suyo (se dicen): sus manos me tocan, mis manos tocan sus manos, que se enredan.
No sé a quién quiero, dice Helena. Soy hija de un dios: ¿no ha de amar por tanto una diosa a todos los hombres?
Tu boca, se dicen a sí mismos.
Su boca que se enreda a la niebla y que canta como sirenas le prenderá fuego a las ciudades de la antigüedad, hará que caiga Roma, e incluso convertirá a Fausto en un loco que haga un pacto con Mefistófeles para que sea suya.
La boca de Helena, corean a la noche envuelta en nieblas.
- Somos locos, Ulises. Debimos quedarnos en casa y hacer eso que hiciste con la sal y la tierra. Tú estarías con tu hijo, educándole como padre, y Penélope no habría hecho la promesa de tejer una larga tela hasta tu regreso.
- Somos hombres, ¿qué otra cosa podríamos ser?
- Los hombres que huyen van a la guerra.
- Los hombres que huyen hacen un largo viaje. Supongo que la guerra es sólo una parada.
Tras las gasas de Helena no se esconde su desnudez y sí el deseo de los hombres. Dos de ellos se pierden en la niebla, dicen ir a Troya, pero su destino les desvía a las tierras de Misia. Y no lo lamentan. No pondrán flores en las tumbas de los muertos, pues la ausencia de Helena hace que quieran acabar con toda la hierba donde pasten incluso los inocentes.
Gritan los hombres, gritan. Lo hacen en nombre de una mujer robada, y en realidad lo hacen en nombre de su ansia no satisfecha. Los hombres nunca reconocerían algo así, y si les pones contra la pared a punto de morir ensartados por la espada de un bárbaro, tampoco lo reconocerían.
Es allí, a la sombra del sudor tras la batalla donde resulta mortalmente herido Télefo, espalda contra espalda que reposa el duro trabajo del guerrero, cuando Ulises piensa fugazmente en Penélope, y comprende que si ella es amor de quieta mujer abnegada, Helena es el deseo de la mujer que nunca podrá tener.
- ¿Qué somos, Ulises? –pregunta Aquiles-.
- Sólo hombres que van a la guerra y que matan por una mujer que poseyeron en noches de sirenas y luna.
- ¿Y merece la pena morir por algo así? Mira los campos: verde y rojo, con sus gritos aún dolientes y los que no serán mirados de igual forma por mujeres que les creen faltos de valor.
Ulises se incorpora. Sobre su largo cabello ceniza herido de arena de la costa se mueve el deseo de ir lejos.
- Somos la larga tela de un deseo que se espera en vano –dice Ulises-.
- Entonces hemos de partir tan lejos como sea posible del hogar –dice Aquiles-. Yo no volveré porque sin Helena nada me espera, y de ti, que siempre sentirás nostalgia de quien sólo te amó, sin la obsesión de la carne que necesita de la carne, se hablará siempre de tu regreso.
Ulises se vuelve a sentar. Gira el viento y los hombres que han de combatir Troya recuperan el aliento y el hambre. Todo es joven, se dicen a sí mismos. Las guerras, el amor, un viaje hacia lugares desconocidos, donde el mar se acaba y nos hunde: todo es joven, se dicen. En algún lugar nos perderemos, en otro fundaremos Lisboa. Penélope tejerá y tejerá, siempre inmaculada, esperando a un hombre que a su regreso verá a una mujer distinta de aquella que conoció.
Y tras tensar un arco imposible, y dos extraños que fingen reconocerse se besen, la memoria dejará de tener sentido, porque nunca se regresa al lugar que dejamos aún cuando pretendamos que Ítaca sea volver.
Los besos de Helena, pensaron.
Su boca y su voz, volvieron a pensar sin decirse una sola palabra.
Las noches secretas de Helena, tumbada en su cama aún más blanca que sus lechosos pechos cuyos frutos alimentaban el orgullo de su padre Zeus. Sus brazos se abrían para acoger la simiente del amado entre esponjas cálidas, que lo abrazaban, y lo acogían, para luego verle partir por pasadizos que borraban las huellas de aquellas noches silentes.
Los besos de Helena, repitieron sin mirarse.
Su boca y su voz, volvieron a repetirse sin decirse una sola palabra.
Ambos sabían de los días que Helena pasaba abrazada a tantos hombres que algunos, los más insignificantes, nunca parecieron existir. Y ambos también sabían, que besar su boca era como besar la boca del último hombre con el que estuvo. De esta manera, puede que Ulises hubiera tomado algo de Aquiles, y que Aquiles hubiera tomado algo de Ulises, de la lengua de Helena.
En medio de ninguna parte, soñaron con Troya.
- Me fingí loco -había dicho Ulises-. No es difícil fingirse loco en la ciudad, todos te toman por tal si infringes las leyes de la naturaleza. Ponte a sembrar con sal un campo de centeno, o di que una espada de acero flota sobre el mar, y todos los que creen conocer la verdad acerca de las cosas te dirán que no estás cuerdo. La guerra no es para los hombres como nosotros, Aquiles. La guerra es para los moribundos o aquellos que tienen tanta hambre que vuelcan toda su ira contra quienes consideran el mal de sus males.
- Esperas oír cantos de sirena, ¿no es así amigo mío? –dijo Aquiles.
- En medio de esta inmensa niebla, con nuestros hombres abrazándose para no olvidar que no están solos en medio de la nada, el canto de una sirena que nos embrujara sería una bendición.
Helena me embruja, pensaron.
No sé si al entrar entre sus piernas desde mi cintura hasta mis pies (reflexionaron) mi cuerpo entero sea la cola de una sirena. Porque Helena canta cuando estoy dentro de ella, con mis piernas juntas y sus piernas asiéndose a mis piernas, moviéndome al compás del mar.
- Estamos varados –dijo Aquiles.
- En algún lugar puede que ya lo estuviéramos – dijo Ulises-. No dejo de pensar en la guerra.
- Paris se la llevó y juramos, juraste, proteger su matrimonio con quien ella eligiese, y fuimos ciegos al seguirte. Sin embargo, todos sabíamos por qué te seguíamos. Todos, incluso yo. Somos locos, amigo mío. Lo perdimos todo en nombre de una mujer que nos poseyó a todos, y sedientos de los días pasados, no dudamos en derramar sangre para instaurar el imperio perdido. Porque no te engañes: Menelao no es un hombre. No es como nosotros.
- Calla, imprudente.
- Si he de morir, Ulises, quiero morir sabiendo como he vivido.
- No vas a morir, esta niebla se irá cuando amanezca.
- Cuando amanezca volveremos a ser hombres feroces que engullen el mundo. Seremos como los dioses, y tú la personificación de Apolo.
- ¿Y quién serías tú?
- Sin lugar a dudas: Hades.
Helena me besa, piensan. Me llama los días de luna llena. Dice Helena que la luna se esconde en sus pezones que beso, fríos como el mármol y la luna.
Sienten como sus manos escriben en su espalda épicos poemas que enamorarán a Herodoto.
Algo tan bello tiene que ser necesariamente cierto, se dice Herodoto, que le da crédito a Troya, a la muerte de Aquiles, al viaje de Ulises, a la belleza de Helena de Esparta.
Los poemas son la historia de los hombres, dice el historiador con solemnidad.
- Los cánticos de las sirenas son mentira –dice Aquiles-.
- Las sirenas no existen –asevera Ulises-.
- No es eso: la poesía es la voz de una sirena cuya femineidad te ciega. ¿No la ves a ella como una sirena que nos canta a pesar de esta niebla embaucadora?
- No sé qué quieres decir, ni de qué estás hablando.
- ¿Derramarías la sangre de Troya? –pregunta Aquiles-.
- Derramaré la sangre de quien no entregue a Paris vivo.
- Arderá entonces Troya.
- ¿No fuimos acaso hombres que ardieron? Ningún fuego devora a otro fuego.
Helena cierra los ojos y yo los tengo abiertos: no quiero perderme un solo gesto suyo (se dicen): sus manos me tocan, mis manos tocan sus manos, que se enredan.
No sé a quién quiero, dice Helena. Soy hija de un dios: ¿no ha de amar por tanto una diosa a todos los hombres?
Tu boca, se dicen a sí mismos.
Su boca que se enreda a la niebla y que canta como sirenas le prenderá fuego a las ciudades de la antigüedad, hará que caiga Roma, e incluso convertirá a Fausto en un loco que haga un pacto con Mefistófeles para que sea suya.
La boca de Helena, corean a la noche envuelta en nieblas.
- Somos locos, Ulises. Debimos quedarnos en casa y hacer eso que hiciste con la sal y la tierra. Tú estarías con tu hijo, educándole como padre, y Penélope no habría hecho la promesa de tejer una larga tela hasta tu regreso.
- Somos hombres, ¿qué otra cosa podríamos ser?
- Los hombres que huyen van a la guerra.
- Los hombres que huyen hacen un largo viaje. Supongo que la guerra es sólo una parada.
Tras las gasas de Helena no se esconde su desnudez y sí el deseo de los hombres. Dos de ellos se pierden en la niebla, dicen ir a Troya, pero su destino les desvía a las tierras de Misia. Y no lo lamentan. No pondrán flores en las tumbas de los muertos, pues la ausencia de Helena hace que quieran acabar con toda la hierba donde pasten incluso los inocentes.
Gritan los hombres, gritan. Lo hacen en nombre de una mujer robada, y en realidad lo hacen en nombre de su ansia no satisfecha. Los hombres nunca reconocerían algo así, y si les pones contra la pared a punto de morir ensartados por la espada de un bárbaro, tampoco lo reconocerían.
Es allí, a la sombra del sudor tras la batalla donde resulta mortalmente herido Télefo, espalda contra espalda que reposa el duro trabajo del guerrero, cuando Ulises piensa fugazmente en Penélope, y comprende que si ella es amor de quieta mujer abnegada, Helena es el deseo de la mujer que nunca podrá tener.
- ¿Qué somos, Ulises? –pregunta Aquiles-.
- Sólo hombres que van a la guerra y que matan por una mujer que poseyeron en noches de sirenas y luna.
- ¿Y merece la pena morir por algo así? Mira los campos: verde y rojo, con sus gritos aún dolientes y los que no serán mirados de igual forma por mujeres que les creen faltos de valor.
Ulises se incorpora. Sobre su largo cabello ceniza herido de arena de la costa se mueve el deseo de ir lejos.
- Somos la larga tela de un deseo que se espera en vano –dice Ulises-.
- Entonces hemos de partir tan lejos como sea posible del hogar –dice Aquiles-. Yo no volveré porque sin Helena nada me espera, y de ti, que siempre sentirás nostalgia de quien sólo te amó, sin la obsesión de la carne que necesita de la carne, se hablará siempre de tu regreso.
Ulises se vuelve a sentar. Gira el viento y los hombres que han de combatir Troya recuperan el aliento y el hambre. Todo es joven, se dicen a sí mismos. Las guerras, el amor, un viaje hacia lugares desconocidos, donde el mar se acaba y nos hunde: todo es joven, se dicen. En algún lugar nos perderemos, en otro fundaremos Lisboa. Penélope tejerá y tejerá, siempre inmaculada, esperando a un hombre que a su regreso verá a una mujer distinta de aquella que conoció.
Y tras tensar un arco imposible, y dos extraños que fingen reconocerse se besen, la memoria dejará de tener sentido, porque nunca se regresa al lugar que dejamos aún cuando pretendamos que Ítaca sea volver.








